Guerra en el Golfo, precios del combustible y la sombra sobre el turismo del sudeste asiático
Cómo el conflicto con Irán y el alza del combustible amenazan la recuperación turística y arrastran economías dependientes de visitantes
El verano se acerca y el turismo, pilar económico en varias naciones del sudeste asiático, enfrenta una encrucijada. El conflicto armado alrededor de Irán y las medidas asociadas —cierres de espacio aéreo, rutas más largas y, sobre todo, un repunte sostenido en los precios del petróleo y del queroseno de aviación— han encarecido viajar y erosionado la confianza de turistas y operadores. Para países cuyo empleo y divisas dependen en gran medida de los visitantes internacionales, el golpe económico puede ser profundo y de largo alcance.
Una recuperación incompleta que recibe un nuevo revés
Después de la pandemia de COVID-19, el turismo en Asia no había recuperado del todo su pulso. La reapertura parcial fue una bocanada de aire para economías que habían perdido ingresos por años de restricciones. Sin embargo, la guerra en el Golfo ha reintroducido una variable que afecta especialmente los costos energéticos globales y la logística de los vuelos de larga distancia.
El aumento del precio del petróleo y, concretamente, del queroseno de aviación (jet fuel), ha provocado que aerolíneas como Vietnam Airlines, AirAsia y Cathay Pacific recorten capacidad o reorganicen itinerarios. Los cierres temporales de aeropuertos en la región del Golfo y las restricciones en el espacio aéreo han obligado a desvíos más largos que incrementan tiempos de vuelo y consumo de combustible, repercutiendo en tarifas y suplementos por combustible.
Impacto tangible en precios y comportamiento del viajero
Las aerolíneas han trasladado parte de ese sobrecosto a los pasajeros. Como ejemplo concreto, Cathay Pacific incrementó su recargo por combustible: en vuelos de media distancia pasó de 264 dólares de Hong Kong (unos 34 USD) a 633 HKD (aprox. 80 USD); en rutas largas subió de 569 HKD (73 USD) a 1.362 HKD (174 USD). Estas cifras reflejan un fenómeno más amplio: las tarifas aéreas suben, las búsquedas y compras de billetes se concentran más cerca de la fecha de salida (señal de incertidumbre) y algunos viajeros cancelan o posponen planes.
Ese cambio de comportamiento tiene efectos inmediatos sobre los destinos: menos visitantes, menos gasto por turista y, en consecuencia, menor demanda de servicios que sustentan a millones de trabajadores informales y formales en el sector.
El turismo como columna vertebral económica
En varios países del sudeste asiático el turismo no es un lujo: es una columna vertebral. En Tailandia, por ejemplo, el sector representa casi el 13% del producto interno bruto; en Vietnam, cerca del 9% (estas cifras ya estaban presentes en reportes previos al conflicto). Para la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) el turismo representó alrededor del 11% de la actividad económica en 2019, según el World Travel and Tourism Council. Esa dependencia convierte la alza del combustible y la caída de llegadas en un problema macroeconómico, no solo en un quebradero de los operadores turísticos.
Historias de la calle: desde tuk-tuks hasta restaurantes
Los efectos se ven en primera fila. En Siem Reap (Camboya), ciudad que sirve como puerta de entrada a Angkor Wat, conductores de tuk-tuk y propietarios de negocios turísticos describen una caída drástica en ingresos. Un conductor que llegó a ganar hasta 20 USD diarios ahora reporta ingresos tan bajos como 5 USD, con la mitad destinado solo a combustible. Para un negocio de restauración local, el encarecimiento del gas licuado para cocinar reduce márgenes y pone en riesgo la capacidad de pagar sueldos a empleados.
Estos testimonios muestran cómo el choque de costos energéticos se transmite a la economía real: menor empleo, reducción de horas, cierre potencial de pequeños negocios y pérdida de divisas que antes financiaban importaciones básicas.
El efecto multiplicador: economías locales y recaudación pública
El turismo genera ingresos directos —gasto en alojamiento, transporte, entradas, gastronomía— y efectos indirectos: cadenas de suministro vinculadas a agricultura, manufactura ligera, artesanía y servicios. Cuando las llegadas se reducen, el efecto multiplicador se invierte. Municipios y gobiernos centralizados ven caer ingresos por impuestos y tasas relacionadas con el turismo, lo que reduce su capacidad de inversión pública y de sostener servicios básicos en regiones dependientes de visitantes.
Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) advertía ya que la combinación de aumento de precios y caída de la demanda turística puede golpear tanto los ingresos de los hogares como las arcas públicas en economías altamente dependientes del sector.
Pronósticos macro: crecimiento en riesgo
Consultoras y organismos internacionales han cuantificado impactos: Moody’s Analytics estimó que los efectos del conflicto podrían restar entre 0.1 y 0.4 puntos porcentuales al crecimiento económico de la región Asia-Pacífico en 2026. Para economías que apuntan a crecer a tasas alrededor del 4% o 5%, esas décimas no son inocuas: pueden marcar la diferencia entre generar empleo neto o ver estancamiento en el mercado laboral.
Albert Park, economista jefe del Banco Asiático de Desarrollo, sintetiza el mecanismo: el conflicto presiona los costos de producción (energía), eleva los precios al consumidor y debilita la demanda externa en comercio y turismo, lo que en conjunto frena el crecimiento.
Segmentación del mercado turístico y vulnerabilidades
Cuando la presión económica aumenta, el turismo se comporta como cualquier gasto discrecional: es de los primeros rubros que los hogares recortan. Además, la segmentación del mercado se acentúa: viajeros de alto poder adquisitivo se desplazan hacia opciones de gama media; los de gama media aprietan presupuesto y optan por alojamientos económicos; y el segmento más barato, que sustenta a muchos trabajadores del sector, se convierte en el más vulnerable.
Para los proveedores de servicios turísticos esto implica una reconfiguración de la demanda: menos noches de alojamiento por turista, menor gasto por excursion, cambios en la duración de estancias y mayor estacionalidad en las reservas.
Aerolíneas y rutas: la anatomía del encarecimiento
La logística aérea se ha convertido en un eslabón crítico. En tiempos de normalidad, muchas rutas intercontinentales utilizan aeropuertos del Golfo Pérsico como puntos de conexión o escala. Las restricciones de espacio aéreo y los cierres intermitentes eliminan atajos y obligan a trayectos alternativos mucho más largos. El resultado es un mayor consumo de combustible por vuelo y la necesidad de que las aerolíneas incorporen recargos o aumenten tarifas para preservar márgenes.
Además, la volatilidad del precio del crudo y la falta de certezas sobre el abastecimiento obligan a las compañías a gestionar reservas y hedgings sobre combustible con mayor cautela financiera, lo que puede traducirse en menos capacidad disponible si la gestión de riesgo se orienta a la contención de costos.
China: más resiliencia pero no inmunidad
Frente a este escenario, China aparece relativamente más protegida. Su mayor diversificación de fuentes energéticas y reservas ayudan a amortiguar el choque; además, su estructura exportadora (con sectores de alto valor como automóviles, tecnología y componentes vinculados a la inteligencia artificial) ha sostenido la demanda externa en algunos mercados. El índice PMI manufacturero oficial mostró una lectura plana en mayo (50), lo que indica expansión marginal y cierta ralentización en órdenes nuevas.
Aun así, China no es totalmente inmune: el país lidia con una demanda interna floja, en parte por la crisis inmobiliaria que afectó la confianza del consumidor durante años. Sus líderes han fijado objetivos de crecimiento más modestos (alrededor del 4.5%-5%), y los precios del petróleo seguirán siendo una variable relevante para su balance macroeconómico si la guerra se prolonga.
Medidas y estrategias: cómo pueden reaccionar los gobiernos y empresas
Para mitigar el impacto, existen varias líneas de acción que pueden (y en algunos casos ya están) adoptando autoridades y actores privados:
- Subsidios temporales y alivios fiscales: programas focalizados para apoyar a empleos del sector turístico y pequeñas empresas que garantizan salarios y evitan quiebras masivas.
- Promociones de demanda interna: incentivos para turismo doméstico (bonos de viaje, descuentos) que ayuden a compensar parte de la caída de visitantes extranjeros.
- Diversificación de fuentes energéticas: acelerar inversiones en energías alternativas y reservas estratégicas para reducir la exposición a interrupciones en el suministro de crudo.
- Cooperación regional: acuerdos para mantener corredores aéreos seguros y protocolos que minimicen desviaciones costosas.
- Reentrenamiento laboral: programas para reconvertir a trabajadores del turismo hacia otras actividades cuando sea necesario.
Cada medida tiene costos y límites. Por ejemplo, subsidiar combustible o salarios puede ser fiscalmente gravoso para gobiernos con espacio presupuestario restringido; promover el turismo interno compensará solo parcialmente la pérdida de divisas y gasto por turista extranjero.
Oportunidades en la crisis: adaptación y resiliencia
Aun en el contexto adverso, el sector turístico puede encontrar oportunidades para reorganizarse y hacer la oferta más resiliente:
- Enfoque en mercados cercanos: priorizar campañas hacia países de la misma región que impliquen menos viajes y costos menores.
- Calidad sobre cantidad: incentivar experiencias de mayor valor agregado, que aumenten el gasto promedio por visitante aun cuando las llegadas disminuyan.
- Sostenibilidad y desestacionalización: promover estrategias que reduzcan la dependencia de temporadas puntuales y potencien el turismo todo el año.
- Digitalización: mejorar la comercialización online, la flexibilidad en políticas de reserva y la oferta de servicios complementarios que generen ingresos adicionales.
Un cambio estructural hacia mayor resiliencia y diversificación de ingresos puede ayudar a que empresas y destinos no dependan exclusivamente de flujos masivos de turistas internacionales.
Escenario a mediano plazo: factores que decidirán la recuperación
La evolución de la situación dependerá de varias variables interrelacionadas:
- La duración y alcance del conflicto en el Golfo y las medidas que afecten a rutas marítimas y aéreas.
- La evolución del precio del petróleo y la capacidad de los países importadores para reemplazar fuentes o acumular reservas.
- La respuesta fiscal y de política pública en países dependientes del turismo para sostener empleo y empresas mientras mejora la demanda.
- La confianza del viajero: incluso si las tarifas se estabilizan, la percepción de seguridad y la disposición a viajar internacionalmente son determinantes clave.
Si el conflicto se resuelve con rapidez y los precios energéticos se normalizan, es probable que el turismo recupere tracción hacia 2027. Si la tensión se prolonga, los efectos serán más duraderos y requerirán políticas públicas y empresariales más profundas para reorientar economías afectadas.
Reflexión final: economía real y vidas en juego
Detrás de las cifras macroeconómicas hay vidas y comunidades. El cierre de rutas o el aumento de un recargo por combustible no son abstracciones: significan menos propinas para un guía local, jornadas recortadas para un motorista, o la decisión de una familia de negar a un hijo la posibilidad de trabajar en hostelería por la inviabilidad económica. La interdependencia global genera beneficios —turismo, comercio, conectividad— pero también transmite riesgos. Mitigar esos riesgos exige estrategias públicas y privadas, cooperación regional y una visión de largo plazo que transforme la vulnerabilidad en adaptación.
“Esto, sucediendo a cinco años de diferencia, primero la pandemia y ahora la guerra, es horrible para la industria turística”, dijo Jitsai Santaputra, de The Lantau Group, subrayando la doble conmoción que enfrentan operadores y trabajadores del sector (Fuente: reporte de prensa).
