Unidad y poder: lecciones del Diálogo Shangri-La para la seguridad en el Indo-Pacífico
Por qué la cohesión entre aliados y el respaldo material a las reglas internacionales son esenciales frente a amenazas transregionales
El reciente Diálogo Shangri-La, el principal foro de defensa del Indo-Pacífico organizado por el International Institute for Strategic Studies (IISS), volvió a poner sobre la mesa una tensión central de la política global: la necesidad de combinar principios y poder. Mientras algunas voces llamaron a reforzar las coaliciones y la cooperación, otras plantearon críticas tajantes sobre el compromiso real con la defensa y el rol de los aliados tradicionales.
Un contexto estratégico en transformación
En la última década la región del Indo-Pacífico se ha consolidado como el epicentro de la competencia geoestratégica. China, con un crecimiento sostenido de su gasto militar y ambiciones navales, ha acelerado programas de modernización que incluyen portaaviones, misiles balísticos y capacidades cibernéticas y espaciales. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar global creció de forma notable en los últimos años y China es uno de los principales impulsores de ese incremento.
Frente a ese panorama, países como Japón, Australia y Estados Unidos han replanteado políticas, ejercicios conjuntos y planes de inversión en defensa. El resultado es un equilibrio dinámico: mayor cooperación entre algunos aliados y, al mismo tiempo, fricciones políticas sobre prioridades y recursos dentro del mundo occidental.
El argumento de la potencia: “las reglas deben sustentarse”
Una de las ideas más repetidas en el foro fue que un orden internacional basado en reglas requiere capacidad material para ser efectivo. Ese argumento, expresado con dureza por el secretario de defensa de Estados Unidos durante su intervención, sostiene que las normas sin respaldo militar son vulnerables frente a actores dispuestos a ignorarlas. En su discurso llamó a no descuidar la inversión en capacidades militares como garantía de credibilidad internacional (Shangri-La Dialogue, IISS).
Este planteamiento subraya una lección histórica: los acuerdos y marcos de gobernanza funcionan mejor cuando cuentan con actores dispuestos y capaces de hacerlos respetar. Desde la creación de instituciones de seguridad en la posguerra hasta los pactos contemporáneos, la disuasión efectiva ha implicado tanto diplomacia como músculo.
La otra cara: la relevancia de las reglas para las potencias medias
Al mismo tiempo, ministros de defensa de países como Australia y Naciones europeas recordaron que las reglas no son meramente retórica: son herramientas que otorgan previsibilidad y protección, especialmente a países de tamaño intermedio. El ministro australiano enfatizó que un sistema basado en normas permite a naciones como Australia tener agencia estratégica y limitar la coerción.
Si bien el respaldo material es imprescindible, la erosión de normas —por ejemplo, en materia de libertad de navegación, integridad territorial o ciberoperaciones— socava la confianza y eleva el riesgo de escaladas. Por eso la defensa moderna debe entenderse como una combinación de capacidades, diplomacia y construcción normativa.
Coaliciones y disuasión: unidad versus fragmentación
Una idea repetida por voces japonesas y europeas en el foro fue que la división entre aliados debilita la disuasión. El ministro de Defensa japonés resumió este punto con una máxima política: “la división debilita la disuasión; la unidad la fortalece” (IISS, discurso del Diálogo Shangri-La). Ese mensaje remite a la necesidad de coordinación operativa, interoperabilidad tecnológica y sincronía estratégica entre aliados.
La fragmentación —cuando existe desconfianza pública entre socios, debates internos sobre prioridades o recortes persistentes en gasto— reduce la capacidad de respuesta colectiva y multiplica las oportunidades para que actores revisionistas exploten diferencias.
Japón: reconfiguración postbélica y debates regionales
La transformación de la política de defensa japonesa fue otro eje central. Tras décadas de restricciones derivadas de su Constitución del posguerra, Japón ha dado pasos importantes hacia un enfoque más activo en defensa, incluyendo la revisión de políticas sobre exportación de armas letales y la ampliación de capacidades defensivas. Estos cambios se enmarcan en una percepción creciente de riesgo en la región y en un deseo de contribuir de manera más tangible a la seguridad colectiva.
La reacción de China a la evolución japonesa fue instantánea y acusatoria, denunciando un supuesto resurgir de «nuevo militarismo». Desde Tokio, la réplica fue que la modernización y la cooperación con aliados buscan reforzar la paz y la estabilidad regionales, no elaborar una amenaza. Este intercambio refleja la desconfianza mutua y la sensibilidad histórica que todavía atraviesa la política de seguridad en Asia oriental.
El papel de Europa y el debate sobre prioridades
Las críticas dirigidas a aliados europeos por parte de algunos representantes estadounidenses encendieron una discusión sobre cómo equilibrar recursos y compromisos. Si bien existe acuerdo en que Europa debe asumir mayores responsabilidades en su entorno geográfico, el debate se complica cuando se trasladan esas expectativas al Indo-Pacífico: ¿cómo armonizar prioridades transatlánticas con desafíos lejanos y multifacéticos?
La respuesta pasa por mayor coordinación política, decisiones compartidas de inversión y ejercicios conjuntos que permitan una proyección creíble de capacidades. La eficacia de esa estrategia depende de voluntad política sostenida y de una narrativa pública que justifique el gasto en seguridad a sociedades que enfrentan también fuertes demandas sociales y económicas.
Elementos prácticos para fortalecer la cooperación
- Inversión sostenida: Aumentar el gasto en defensa en forma planificada y orientada a interoperabilidad y capacidades clave (antisubmarino, defensa aérea, ciberseguridad, logística).
- Interoperabilidad tecnológica: Estándares comunes y programas conjuntos de suministro que reduzcan dependencias y aceleren capacidades compartidas.
- Diplomacia de seguridad: Foros multilaterales que fomenten transparencia, manejo de crisis y canales de comunicación militarizados para evitar malentendidos.
- Apoyo a estados menores: Fortalecer capacidades locales y redes de apoyo para que países medianos no queden expuestos frente a presiones regionales.
Riesgos y dilemas éticos
La creciente militarización conlleva dilemas: la escalada armamentista puede aumentar el riesgo de conflictos accidentales y desviar recursos cruciales del desarrollo social. Además, la tentación de priorizar soluciones militares frente a desafíos complejos (como la competencia tecnológica o las campañas de desinformación) puede resultar contraproducente.
Por eso la estrategia sostenible exige una visión integral: defensa robusta, diplomacia activa, inversión en resiliencia económica y cooperación en ámbitos no militares como la ciberdefensa y la gobernanza de tecnologías emergentes.
Una agenda pragmática para el futuro
El Diálogo Shangri-La dejó claro que las amenazas actuales no respetan fronteras ni regiones. Las decisiones que toman los gobiernos hoy —sobre gasto, alianzas y marcos normativos— van a definir la estabilidad de la próxima década. Mantener la coherencia entre valores y capacidad material será clave: las reglas sin poder para sostenerlas se tornan vulnerables, y el poder sin reglas puede degenerar en conflicto.
Para países del Indo-Pacífico y sus socios extra-regionales, la tarea urgente es conjugar diplomacia y disuasión, reforzar redes aliadas y construir mecanismos de respuesta rápida. Solo así será posible preservar un entorno estable que permita el desarrollo y evite que las tensiones regionales escalen hacia crisis de mayor alcance.
Fuentes consultadas: informe del IISS sobre el Diálogo Shangri-La (Shangri-La Dialogue, IISS), datos sobre gasto militar del SIPRI (https://www.sipri.org/), documentos oficiales de defensa y comunicados ministeriales presentados en el foro.
