Choque en las calles de Israel: la protesta ultraortodoxa que paralizó ciudades y reavivó un debate nacional

Miles de manifestantes bloquearon carreteras y trenes en rechazo al servicio militar obligatorio; la crisis divide al gobierno y plantea preguntas sobre identidad, seguridad y cohesión social

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Un país paralizado

En una jornada que dejó imágenes de carreteras bloqueadas, tranvías detenidos y automóviles incendiados, decenas de miles de miembros de la comunidad ultraortodoxa de Israel salieron a las calles para protestar contra los intentos del Estado por ampliar la conscripción militar.

Las movilizaciones, concentradas en Jerusalén y en el área metropolitana de Tel Aviv, obligaron al cierre de autopistas y al colapso del transporte público en el centro del país. La policía respondió con cañones de agua y unidades montadas, pero las escenas de enfrentamiento y los cortes generalizados revelan una fractura profunda entre sectores de la sociedad israelí sobre qué significa la obligación de servir a la nación.

¿Qué reclaman los manifestantes?

La protesta no fue solo una manifestación contra una medida concreta, sino la expresión de una percepción comunitaria de amenaza existencial. Para muchos ultraortodoxos, el servicio militar implica no solo riesgos físicos, sino también la exposición a estilos de vida y valores seculares que podrían quebrar su forma de vida religiosa. Como expresó uno de los manifestantes en Jerusalén: “This public is determined, they see this as a war for their lives” — una frase que resume la sensación de que la contienda supera la lógica política para convertirse en lucha por la supervivencia cultural (fuente: reportes periodísticos contemporáneos).

Históricamente, los varones ultraortodoxos que estudian en yeshivot (seminarios religiosos) han recibido exenciones de la conscripción desde los inicios del Estado en 1948. Aquella decisión tuvo un contexto particular: tras el Holocausto, un puñado de estudiantes dedicados a la reconstrucción de la erudición judía obtuvo un trato excepcional como reconocimiento a ese esfuerzo. Con el paso de las décadas, lo que nació como medida limitada se institucionalizó y amplió hasta convertirse en un privilegio masivo que hoy genera fricciones crecientes.

Dimensiones numéricas y sociales

Las cifras ayudan a comprender la magnitud del conflicto. La comunidad ultraortodoxa representa aproximadamente el 13% de la población israelí y es el sector de más rápido crecimiento demográfico del país. Cada año, cerca de 13.000 jóvenes ultraortodoxos alcanzan la edad de 18 años; sin embargo, según comisiones parlamentarias y estudios citados por medios, menos del 10% ingresan efectivamente a las fuerzas armadas. Ese desequilibrio, en un país donde el servicio militar es visto por muchos como rito de paso y elemento de integración social, alimenta resentimientos y percepciones de injusticia.

Al mismo tiempo, el Estado israelí enfrenta presiones extraordinarias en términos de seguridad. Con operaciones simultáneas en distintos frentes y la prolongación de conflictos regionales, el Ejército —que tradicionalmente se apoya en un robusto sistema de reservistas— ha acumulado un déficit de personal que hace discutir la posibilidad de ampliar la duración del servicio obligatorio. Esta necesidad de recursos humanos militariza, en la práctica, el debate sobre la equidad cívica.

Política y poder: la influencia de los partidos ultraortodoxos

Políticamente, las formaciones ultraortodoxas han sido actores decisivos en muchas coaliciones de gobierno. Su capacidad para convocar votos y condicionar mayorías les ha permitido conservar el régimen de exenciones a lo largo de décadas. Sin embargo, el conflicto actual ha mostrado que ese poder también es fuente de inestabilidad: la retirada del apoyo parlamentario de los partidos ultraortodoxos ha puesto en jaque la continuidad del Ejecutivo, generando la posibilidad de adelantar las elecciones.

En otras palabras, la dinámica es compleja: mientras muchos israelíes consideran injusto que un segmento numeroso evada el servicio, los partidos que representan a ese segmento saben que negociar concesiones es, a su vez, una forma de supervivencia política. Esa interdependencia ha convertido la cuestión en una de las más espinosas en la agenda pública reciente.

Tensiones internas: identidad, religión y seguridad

La raíz del conflicto no es únicamente administrativa. Se trata de una tensión entre dos visiones de la nación: una donde el servicio en las fuerzas armadas funciona como experiencia formadora y factor de cohesión, y otra donde preservar el estudio religioso y la separación de influencias seculares se percibe como condición para la existencia misma de la comunidad.

Para muchos judíos no ultraortodoxos, el servicio militar es una forma de construir un sentido compartido de ciudadanía. La conscripción igualitaria —argumentan— distribuye responsabilidades en tiempos de peligro y refuerza la legitimidad del sacrificio colectivo. Para la comunidad ultraortodoxa, en cambio, la incorporación masiva al Ejército supondría una disolución de modos de vida, la erosión de estructuras educativas comunitarias y la pérdida de autonomía cultural.

¿Qué cambió en la ley y la justicia?

En 2017, la Corte Suprema israelí dictaminó que las exenciones tal como estaban constituidas eran ilegales. No obstante, las decisiones judiciales han chocado con plazos políticos, prórrogas y maniobras legislativas que han dejado el régimen de facto sin una reforma clara y sostenible. Esa percepción de incertidumbre y de retrasos administrativos ha alimentado la ira de quienes consideran el sistema injusto, y el temor de quienes temen por su identidad religiosa.

Impacto estratégico y geopolítico

Más allá del debate interno, la capacidad de Israel para mantener sus recursos humanos en condiciones óptimas tiene implicaciones estratégicas. Un Ejército con problemas de reclutamiento y desgaste sostenido puede verse limitado en su capacidad operativa y en la planificación a largo plazo. Además, la percepción de crisis interna puede afectar la postura internacional y la disposición de aliados y adversarios a anticipar movimientos.

El contraste es evidente: un Estado pequeño, rodeado por amenazas, necesita cohesión; sin embargo, la pluralidad de su sociedad exige soluciones que respeten identidades sin sacrificar seguridad. Encontrar ese equilibrio es el gran desafío contemporáneo.

Posibles salidas y escenarios

  • Reforma gradual y acuerdos de transición: Una opción consiste en diseñar pasos intermedios que permitan ampliar la integración de algunos segmentos ultraortodoxos en programas de servicio civil o militar adaptados, con salvaguardas culturales que mitiguen el choque identitario.
  • Incentivos económicos y educativos: Otra vía es ofrecer alternativas atractivas —formación profesional, beneficios laborales, o rutas de servicio civil— que reduzcan la sensación de imposición y transformen la obligación en oportunidad.
  • Compromisos políticos sostenibles: Para que cualquier reforma prospere se requieren acuerdos de coalición que contemplen plazos claros y mecanismos de implementación verificables, evitando prorrogas indefinidas que alimentan la tensión.

Reflexión final: más que una disputa legal

Lo que ocurre en las calles de Israel es la manifestación visible de una tensión profunda entre historia, identidad y seguridad. La vieja exención concedida en los albores del Estado —pensada para un momento específico de reconstrucción cultural— hoy choca con las realidades demográficas y estratégicas de un país en permanente alerta.

Si bien no existe una solución simple, el camino exige una combinación de liderazgo político, sensibilidad cultural y claridad institucional. Ignorar el malestar político o mantener parches temporales solo hará que el problema resurja con más fuerza. Lo que Israel necesita es un diálogo nacional que vaya más allá de la táctica de corto plazo y que construya un compromiso durable entre deberes cívicos y derechos culturales.

En última instancia, la pregunta no es únicamente quién sirve a quién, sino qué tipo de sociedad quiere ser Israel en las próximas décadas: una que enfrenta sus desafíos con herramientas inclusivas o una que reproduce fracciones crecientes entre sus ciudadanos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press