Mujeres en la primera línea: el drama silencioso de los cuidadores en el brote de Ébola en el este del Congo

Cómo las normas sociales, la falta de equipos y la desconfianza en los sistemas de salud ponen a las mujeres en mayor riesgo

«Es la única familia que me queda. No puedo abandonarla», dice Aline Kasiwa, de 28 años, mientras alimenta y lava la ropa de su madre enferma en Bunia, la ciudad situada en el epicentro del brote más reciente de Ébola en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Esta frase resume no solo la devoción familiar, sino el peso desproporcionado que asumen las mujeres en contextos de crisis sanitarias: un papel de cuidados que, por falta de protección, las coloca en mayor riesgo de contagio.

El brote y sus cifras

Las autoridades congoleñas han confirmado centenas de casos desde la detección del brote. En números preliminares comunicados por las autoridades sanitarias regionales se reportaron alrededor de 344 casos confirmados y 60 muertes, además de múltiples sospechosos en seguimiento; Uganda, vecina, registró también casos importados. El tipo de virus implicado —Bundibugyo— complicó la respuesta inicial porque no se exploró de inmediato en las pruebas de laboratorio locales, lo que retrasó la identificación del brote y la activación plena de medidas de control.

Por qué las mujeres están más expuestas

Las dinámicas sociales y de género explican buena parte del mayor impacto en mujeres durante episodios de Ébola. En muchas comunidades del este del Congo, las mujeres cumplen la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado: alimentan a los enfermos, los bañan, lavan la ropa contaminada y, con frecuencia, preparan los cuerpos para el entierro siguiendo rituales tradicionales. Estas labores implican contacto directo y prolongado con fluidos corporales, el principal vehículo de transmisión del virus.

Ese patrón no es nuevo. En el primer brote registrado de Ébola en la década de 1970, las mujeres representaron el 56% de las muertes; en el gran brote entre 2018 y 2020 en la RDC, las mujeres y niñas correspondieron aproximadamente a dos tercios de los casos reportados. Como ha señalado Sofia Calltorp, representante de ONU Mujeres para acción humanitaria, «la transmisión del Ébola sigue las realidades sociales: se transmite a lo largo de las líneas de cuidado, el trabajo doméstico, la labor sanitaria y las prácticas funerarias» (declaración recogida en reportes humanitarios).

Falta de equipos y servicios sanitarios precarios

En ciudades como Bunia, clínicas locales y centros comunitarios han denunciado escasez de equipos de protección personal (EPP). En el caso del centro ginecológico Karibuni wa Maman, el personal explicó que no había recibido suministros adecuados desde el inicio del brote y que, a lo sumo, disponen de algunos desinfectantes y mascarillas básicas. Julienne Lusenge, presidente de la organización local Solidaridad de Mujeres para la Paz y el Desarrollo Inclusivo, advirtió que esta ausencia de EPP no solo pone en riesgo al personal sanitario, sino a las mujeres que cuidan de sus familiares en el hogar: «Durante brotes anteriores, muchas mujeres murieron porque eran las que cuidaban a los enfermos en casa».

El personal de centros pequeños examina y deriva a pacientes sintomáticos a centros de tratamiento más grandes, exponiéndose a la infección al no contar con guantes, batas impermeables, gafas o mascarillas certificadas. La carencia de EPP y de recursos diagnósticos limita además el rastreo de contactos y la isolación temprana, dos herramientas esenciales para frenar la propagación del virus.

El efecto en embarazadas y en la salud maternoinfantil

Las embarazadas representan un grupo especialmente vulnerable. La necesidad de controles prenatales y partos asistidos obliga a muchas mujeres a acudir a centros de salud donde temen contagiarse. Algunas, como la gestante de cinco meses Anny Ekyambo, han decidido evitar las consultas por miedo a ser expuestas: «Sé que debo seguir controles para el embarazo y el bebé, pero no tenemos otra opción porque esta epidemia nos aterra», dijo en declaraciones recogidas en crónicas desde la zona.

La evitación de servicios sanitarios puede provocar efectos indirectos devastadores: aumento de mortalidad materna y neonatal, complicaciones no atendidas durante el embarazo y partos sin asistencia calificada. Lusenge advirtió que «si las mujeres no asisten a controles prenatales y posnatales, corremos el riesgo de ver un aumento de mortalidad prenatal y posnatal, tanto de madres como de niños».

Contexto de inseguridad y desconfianza

La respuesta sanitaria en Ituri y provincias vecinas se enfrenta a múltiples obstáculos: infraestructuras precarias, redes de transporte limitadas y áreas de difícil acceso; además, la violencia de grupos armados —como la presencia de milicias locales y de grupos vinculados a organizaciones extremistas— complica la llegada de equipos y la seguridad de los trabajadores sanitarios. La desconfianza hacia «forasteros» y las experiencias previas de conflicto hacen que buena parte de la población evite los centros de salud o rechace intervenciones externas, lo que alimenta la transmisión silenciosa.

Estas complejidades transforman la epidemiología del brote: no es solo un desafío biomédico, sino uno social y de seguridad. Equipos humanitarios han informado que la velocidad de transmisión supera a la capacidad de respuesta en varios sectores, y que la escala real del brote puede estar subregistrada debido a la falta de acceso y de pruebas diagnósticas en zonas remotas.

Estrategias para proteger a las mujeres cuidadoras

Proteger a las mujeres en este contexto requiere una estrategia multidimensional:

  • Abastecimiento de EPP a nivel comunitario: no basta con proveer materiales a hospitales; las clínicas locales, parteras y redes comunitarias deben recibir guantes, batas, mascarillas y desinfectantes suficientes y sostenibles.
  • Comunicación culturalmente adecuada: mensajes de prevención y de orientación clínica deben diseñarse en colaboración con líderes locales para reducir la desconfianza y adaptar recomendaciones prácticas para cuidados en el hogar cuando la derivación no sea posible.
  • Formación de cuidadores familiares: cursos breves y demostraciones sobre cómo reducir riesgos (uso correcto de mascarillas, manejo de ropa y ropa de cama contaminada, higiene de manos) pueden disminuir infecciones entre quienes asumen los cuidados.
  • Protección de servicios maternos: garantizar rutas seguras y espacios separados para embarazadas y atención obstétrica puede persuadir a las mujeres a mantener controles esenciales.
  • Apoyo psicosocial y económico: ofrecer incentivos y apoyo a las familias afectadas ayuda a romper el círculo de estigmatización y abandono de servicios sanitarios.

Aprender de la historia para evitar repetirla

Los brotes anteriores enseñan que las respuestas que no incorporan una perspectiva de género terminan aumentando las desigualdades. En los brotes de la última década, la atención focalizada en actividades de rastreo y en instalaciones centralizadas sin fortalecer las capacidades comunitarias resultó insuficiente para proteger a las mujeres que realizan cuidados en el hogar.

Invertir en sistemas de salud primarios y en redes comunitarias lideradas por mujeres es una medida preventiva estratégica: no solo protege vidas durante el brote, sino que fortalece la resiliencia para futuras emergencias sanitarias.

Voces desde Bunia

«Es la mujer la que baña, la que alimenta y la que lava la ropa sucia» —resumió la Dra. Furaha Elisabeth, directora de la clínica Karibuni wa Maman—, enfatizando cómo las tareas cotidianas se convierten en vectores de riesgo. Estas palabras, repetidas en declaraciones de personal sanitario y líderes comunitarios, llaman la atención sobre un hecho sencillo pero contundente: la protección del personal de salud y de las cuidadoras familiares es clave para frenar el brote y reducir el sufrimiento humano.

Mientras tanto, mujeres como Aline continúan tomando decisiones difíciles cada día, movidas por el amor y la responsabilidad familiar, pero con muy pocos recursos para cuidarse a sí mismas. Atender esa brecha —entre el deber de cuidar y la capacidad de hacerlo sin arriesgar la vida— debería ser una prioridad humanitaria y de salud pública.

Las próximas semanas serán críticas. La combinación de entrega sostenida de suministros, estrategias comunitarias adaptadas y la protección de servicios maternos puede marcar la diferencia entre un brote que se conteniene y otro que siga expandiéndose con un coste humano desproporcionado para las mujeres y las familias de la región.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press