Última oportunidad o pausa tensa: el frágil acuerdo de alto el fuego entre Israel y Líbano

Entre zonas piloto, la presión sobre Hezbolá y el intento de separar el conflicto libanés de la guerra regional con Irán, el pacto recién anunciado enfrenta retos profundos y ambiguos

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Beirut — El acuerdo anunciado recientemente entre Israel, Líbano y Estados Unidos para renovar un alto el fuego entre Israel y el Líbano abre una ventana diplomática que muchos describen como una “última oportunidad” para estabilizar una frontera marcada por décadas de violencia. Sin embargo, tras el aparente avance hay puntos polémicos que ponen en duda su viabilidad: la creación de “zonas piloto” controladas por el ejército libanés, la exigencia de evacuación de combatientes de Hezbolá al sur del río Litani y referencias explícitas a la eventual desarticulación del grupo armado chií.

Un acuerdo construido sobre antecedentes turbulentos

El nuevo pacto se apoya en una gobernanza temporal que ya existía desde el 17 de abril, cuando se logró un primer cese al fuego entre Israel y el gobierno libanés. Sin embargo, nada de esto puede entenderse sin recordar que la relación entre ambos países ha estado marcada por episodios bélicos recurrentes. La frontera ha sido escenario de choques regulares desde la retirada israelí de parte del sur libanés en 2000, y de forma notable durante la guerra de 2006, cuando un conflicto de 34 días dejó miles de muertos y una devastación importante en infraestructura. La Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada en 2006, buscó crear una zona tampón y fortalecer a la Fuerza Provisional de Naciones Unidas (UNIFIL) para prevenir nuevos estallidos; no obstante, la realidad sobre el terreno ha evolucionado desde entonces.

Hezbolá: actor clave fuera de la mesa de negociaciones

Uno de los elementos más sensibles del acuerdo es que muchas de sus cláusulas dependen directamente de las acciones de Hezbolá, pese a que la organización no participó oficialmente en las negociaciones. El líder adjunto de Hezbolá, el jeque Naim Qassem, llegó a calificar el acuerdo como “el sueño de Satán en el cielo”, según declaraciones públicas que reflejan la profunda oposición del grupo a cualquier acuerdo que no garantice su papel y su arsenal como garantes de la seguridad de la comunidad chií en Líbano.

Hezbolá surgió a comienzos de los años ochenta, durante la ocupación israelí del sur de Líbano que había comenzado en 1982. Desde entonces se ha consolidado como una fuerza social y militar con estructura política institucionalizada en Líbano: posee representación parlamentaria, amplia infraestructura social y —según Israel y varios países occidentales— un componente armado que trasciende el control del Estado libanés. Esa dualidad convierte al grupo en una variable estructural de la política libanesa.

Qué plantea el acuerdo sobre las “zonas piloto”

El texto conjunto firmado por Washington, Jerusalén y Beirut plantea la creación “rápida” de zonas piloto en las que las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) ejercerán control exclusivo, excluyendo a actores no estatales. La idea, en apariencia, serí­a rehabilitar el papel del Estado en territorios donde Hezbolá tiene una presencia histórica, y así evitar que el grupo tenga capacidad operativa frente a Israel.

No obstante, la implementación práctica tiene obstáculos enormes. El ejército libanés, con graves restricciones presupuestarias y logísticas, ha dependido en muchos casos del apoyo internacional —incluido armamento y entrenamiento— para mantener su despliegue nacional. Aun cuando el compromiso sea político, convertirlo en presencia efectiva sobre el terreno exige recursos, tiempo y aceptación local. Además, la coexistencia de fuerzas estatales y milicias armadas en un mismo territorio ha generado tensiones internas recurrentes en Líbano, donde la sectarización de la política complica cualquier intento de monopolio estatal de la fuerza.

El Litani y los límites territoriales del conflicto

El acuerdo reserva un rol central al río Litani, que históricamente ha servido como referencia para la delimitación de zonas de influencia: el pacto condiciona el cese de hostilidades a la evacuación de operativos de Hezbolá al sur del Litani. Este río, situado a unos 30 kilómetros al norte de la frontera con Israel, fue señalado ya por la Resolución 1701 como parte del área en la que no se permitiría la presencia de fuerzas no estatales.

Sin embargo, en los hechos, durante la reciente escalada las fuerzas israelíes penetraron con operaciones profundas en el sur del Líbano, forzando desalojos masivos y causando daños materiales severos. La aceptación formal de límites territoriales por parte de Líbano, según el nuevo texto, puede interpretarse tanto como una cesión táctica de soberanía sobre determinados espacios, como un intento de proteger grandes franjas pobladas de nuevas ofensivas.

Intento de desvincular Líbano de la guerra con Irán

Un aspecto clave del comunicado conjunto es la intención explícita de separar el conflicto en Líbano de la guerra regional con Irán. El lenguaje del acuerdo condena los ataques de Irán en países de la región y subraya que el futuro entre Israel y Líbano debe decidirse exclusivamente entre gobiernos soberanos, evitando que terceros actores —sea por apoyo de proxies o por presión política— sometan a Líbano a intereses geoestratégicos externos.

La preocupación es palpable: Teherán utiliza canales de influencia que incluyen apoyo material y político a Hezbolá, lo que convierte a Líbano en un tablero de negociación indirecta entre Estados. Al intentar clausurar esa vía, Washington busca evitar que la resolución del conflicto en Gaza o enfrentamientos con Irán determinen automáticamente la evolución de la frontera norte israelí.

¿Se ha garantizado el fin de las hostilidades?

La experiencia reciente invita a la prudencia. Un acuerdo similar en noviembre de 2024, también mediado por Estados Unidos, fracasó en sostener la calma a largo plazo. Desde entonces, los episodios de violencia reenfocaron la atención en la fragilidad de los pactos que omiten a actores armados relevantes o que no resuelven las causas estructurales del conflicto: armamento, densidad de milicias, rivalidades internas y una economía nacional colapsada.

Las declaraciones de los responsables muestran una tensión interpretativa. Por un lado, desde Israel se insiste en que la seguridad y el respeto a la integridad territorial solo serán posibles con la desarme de Hezbolá y el desmantelamiento de su infraestructura a lo largo del país. Según la declaración conjunta, Israel afirmó que su seguridad “solo puede lograrse mediante el desarme de Hezbolá y la desarticulación de su infraestructura en todo Líbano”.

Por el otro, líderes libaneses han expresado que el acuerdo es la última chance para alcanzar un alto el fuego final y completo; el presidente libanés, Joseph Aoun, llegó a calificarlo como la “última oportunidad” para un cese definitivo. Empero, la falta de inclusión formal de Hezbolá en las negociaciones aumenta el riesgo de que la organización desestime las condiciones o las considere una imposición externa.

Reacciones y consecuencias internas en Líbano

La firma de un texto que describe a Hezbolá como una amenaza tiene efectos políticos domésticos: fortalece la imagen de una Líbano que busca distanciarse de Irán y mejorar vínculos con países del Golfo y con Washington, pero también alimenta tensiones sectarias internas. Hezbolá es un actor central en la comunidad chií libanesa; cualquier postura estatal que parezca contravenir su posición puede profundizar divisiones y generar violencia interna.

Adicionalmente, la potencial exigencia de reubicación o desarme de combatientes podría provocar enfrentamientos en áreas donde Hezbolá goza de arraigo social —por ejemplo, el sur del país y barrios chiíes urbanos— y donde la ausencia del Estado fue históricamente ocupada por servicios y protección brindados por la propia organización.

El papel de Estados Unidos como mediador y su impacto regional

Washington ha ejercido un rol activo como mediador y, en el comunicado, enfatizó la necesidad de que cualquier acuerdo sea alcanzado entre los dos gobiernos soberanos: Líbano e Israel. Ese enfoque busca neutralizar la influencia iraní en la mesa de negociación y evitar que Teherán utilice a Hezbolá como moneda de cambio en eventuales tratos más amplios en la región.

No obstante, la instrumentalización de la diplomacia estadounidense también muestra límites: la percepción en diversos sectores de Medio Oriente es que la política exterior de EE. UU. puede priorizar alianzas estratégicas sin lograr soluciones sostenibles en el terreno. La experiencia acumulada sugiere que los éxitos diplomáticos requieren procesos de verificación, mecanismos de supervisión y garantías creíbles para todas las partes implicadas.

Escenarios posibles: ¿paz duradera o nueva escalada?

Existen varios escenarios plausibles en el horizonte inmediato:

  • Implementación gradual con verificación internacional: Las zonas piloto se crean realmente, el ejército libanés asume control y Hezbolá reduce su presencia en las áreas acordadas. Requiere aportes logísticos y financieros para las FAL y un mecanismo de verificación internacional que inspire confianza.
  • Estancamiento político y episodios de violencia localizados: Las zonas piloto se anuncian pero no se consolidan; Hezbolá mantiene capacidades fuera del alcance del Estado y reanuda ataques esporádicos ante lo que considera provocaciones israelíes.
  • Repudio por parte de Hezbolá y escalada abierta: Si Hezbolá interpretara el acuerdo como un intento de desarmarlo por la fuerza, podría volver a intensificar su campaña contra Israel; esa escalada pondría a Líbano y al norte de Israel en riesgo de una guerra mayor con consecuencias humanitarias importantes.

Implicaciones humanitarias y socioeconómicas

Cualquier prolongación del conflicto tendría costos humanos y materiales significativos. Durante las recientes operaciones israelíes en el sur libanés se registraron desplazamientos masivos de pobladores y la destrucción de viviendas e infraestructuras —incluyendo sitios históricos— en territorios donde la memoria colectiva es particularmente sensible. La recuperación de esas zonas exige no solo la reconstrucción física, sino políticas de reconciliación y reparación social que el ya frágil Estado libanés tiene dificultades para gestionar.

Además, la presión económica sobre Líbano —con una moneda en crisis y un sector público al borde del colapso— hace que la estabilidad sea más difícil de sostener sin asistencia internacional dirigida y sostenida.

Verificación y elementos prácticos para que el pacto funcione

Para que un acuerdo de esta naturaleza sobreviva a las primeras semanas, al menos tres condiciones prácticas parecen ineludibles:

  1. Un mecanismo de verificación imparcial y creíble: la comunidad internacional debería proveer observadores o mecanismos tecnológicos (por ejemplo, monitoreo satelital validado) que certifiquen el retiro de combatientes y el control absoluto de las FAL en las zonas piloto.
  2. Apoyo logístico y financiero al ejército libanés: la profesionalización, equipamiento y sostenimiento de las Fuerzas Armadas son esenciales para que puedan asumir el control efectivo y disuadir reapariciones de milicias.
  3. Compromisos políticos regionales que eviten la instrumentalización del conflicto: vínculos diplomáticos que limiten el flujo de armas y dinero a actores no estatales y que promuevan canales bilaterales entre Líbano e Israel para avanzar hacia una hoja de ruta de normalización.

¿Qué dicen las voces en el terreno?

Desde el lado libanés, el presidente Joseph Aoun expresó que el acuerdo representa la “última chance” de entrar en un cese final y comprensivo; esas palabras transmiten la urgencia de evitar una nueva guerra a gran escala. Mientras tanto, voces dentro de Hezbolá, como la de Naim Qassem, han sido tajantes: según sus declaraciones, el pacto es inaceptable en tanto no garantice una retirada total de las tropas israelíes y, de su percepción, no respete el rol histórico de la resistencia.

Desde Israel, funcionarios han sostenido que la seguridad nacional exige la desarticulación de la capacidad militar de Hezbolá y la eliminación de infraestructuras que, en su criterio, representan una amenaza existencial para el país. El ministro de Defensa indicó que las fuerzas seguirán operando en lo que describen como una zona de seguridad y que las acciones militares continuarían en puntos estratégicos mientras no exista una desactivación completa de las capacidades del grupo.

Reflexiones finales: una tregua condicionada a la política y al terreno

El nuevo pacto entre Israel, Líbano y Estados Unidos es un intento de traducir la diplomacia en estabilidad inmediata. No obstante, la eficacia de ese intento depende menos de los textos formales que de la capacidad práctica para cambiar la realidad sobre el terreno: consolidar el control estatal en zonas donde la legitimidad del Estado es frágil, reducir la influencia de actores externos que financian y armamentan milicias, y ofrecer un plan de reconstrucción y reconciliación que atienda las necesidades de las comunidades afectadas.

Si estas condiciones no se cumplen, el alto el fuego correrá el riesgo de ser otra pausa temporal en un ciclo que, históricamente, se ha repetido con demasiada frecuencia en la región. En ese sentido, el acuerdo puede verse como una oportunidad crítica: la última, según algunos, para transformar una lógica de confrontación perpetua en una hoja de ruta hacia la seguridad y la gobernanza compartida. Pero convertir la oportunidad en realidad exige voluntad política, recursos y, sobre todo, sensibilidad hacia las complejidades internas del Líbano.

Fuentes citadas: declaraciones públicas de líderes y el comunicado conjunto divulgado por Estados Unidos, Israel y Líbano; análisis de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU (2006). Citas textuales reproducidas de declaraciones oficiales difundidas por agencias internacionales de noticias.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press