Fuego previsto: cómo las quemas controladas indígenas están transformando la gestión del Cerrado

De la sabiduría ancestral a la política pública: la experiencia de los Xerente y la cooperación con IBAMA frente al riesgo de megaincendios

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El crepitar de las llamas no siempre anuncia desastre en el Cerrado. En la mañana de un operativo reciente en el territorio indígena Xerente, en Tocantins, Brasil, el fuego retornó bajo control: no como fuerza destructiva, sino como herramienta preventiva. Las comunidades Xerente, en coordinación con la agencia ambiental federal IBAMA, ejecutaron quemas prescritas planificadas para reducir el combustible vegetal antes de los meses más secos, cuando el riesgo de incendios forestales se dispara por la llegada del fenómeno de El Niño.

Por qué el fuego es una herramienta ecológica

Contrario al imaginario urbano que vincula cualquier incendio con destrucción irreversible, en ecosistemas como el Cerrado el fuego ha sido históricamente un agente de renovación. Muchas especies vegetales y animales están adaptadas a regímenes de fuego estacional; la ausencia total de quemas fomenta la acumulación de pasto seco y hojarasca, creando condiciones para incendios de alta intensidad que pueden ser catastróficos.

Leandro Maracahipes, biólogo investigador asociado a la Universidad de Yale, lo resume con claridad: las quemas controladas, aplicadas en momentos y lugares adecuados, ayudan a evitar la formación de enormes “combustibles” que alimentan incendios fuera de control. Cuando se excluye por completo el fuego, se facilita la ocurrencia de quemas mucho más intensas, capaces de matar árboles y transformar ecosistemas.

De la prohibición al manejo integrado

Hasta hace poco, la política dominante en Brasil fue la estrategia de “cero fuego”, que buscaba suprimir cualquier quema. Con el tiempo, las autoridades reconocieron los límites de esa visión. En 2014 se iniciaron alianzas entre el Estado y comunidades indígenas para aplicar quemas controladas mediante protocolos técnicos que combinan ciencia y saberes tradicionales.

Ese cambio no es solo técnico: representa una transformación cultural y política. Para muchos pueblos indígenas, las prácticas de manejo del fuego forman parte de una relación milenaria con el paisaje, basada en observación, calendario y rituales. Integrar ese conocimiento con datos satelitales, mapas de riesgo y logística gubernamental ha permitido diseñar operaciones conjuntas más precisas y seguras.

Cómo funcionan las operaciones conjuntas

Las jornadas de prevención comienzan con planificación compartida. Equipos compuestos por brigadistas de IBAMA y miembros de la comunidad trazan, alrededor de una mesa, las áreas a intervenir utilizando imágenes satelitales y la memoria territorial indígena. Es frecuente el empleo de herramientas diversas: desde antorchas manuales o hachas para encender líneas de quema controlada hasta esferas incendiarias arrojadas desde helicópteros para activar fuegos en puntos estratégicos cuando las condiciones meteorológicas lo permiten.

En el terreno, los brigadistas vigilan permanentemente las líneas de fuego y mantienen corredores cortafuegos alrededor de aldeas, nacientes y zonas especialmente sensibles. Si un foco muestra señales de complicarse, actúan de inmediato para contenerlo.

El factor humano y la formación de brigadas indígenas

Parte del esquema operativo incluye la capacitación y contratación de integrantes de las comunidades. Algunas personas son empleadas por períodos determinados con formación técnica y salario mensual; otras participan de manera voluntaria, aportando su pericia. En el caso Xerente, han surgido brigadas mixtas y grupos de mujeres que lideran intervenciones —un ejemplo de innovación social en la gestión territorial.

Programas de financiación mixta —como la alianza entre la Fundación Bunge y IBAMA— han canalizado recursos para equipos, capacitación y la creación de hasta 40 brigadas indígenas en cinco estados del Cerrado y la Amazonía. Estas iniciativas buscan no solo mitigar incendios, sino fortalecer economías locales y reconocimiento institucional.

El Niño: un factor de riesgo creciente

La variabilidad climática complica la ecuación. El fenómeno de El Niño tiende a aumentar temperaturas y prolongar periodos secos en regiones como el Cerrado y la Amazonía, condiciones que favorecen la propagación de incendios. Episodios recientes mostraron el potencial destructivo de estas combinaciones: en 2024, los registros de la organización MapBiomas indicaron que más de 30,8 millones de hectáreas se quemaron en Brasil, cifra equivalente a un área mayor que la de países como Italia. Según ese recuento, la Amazonía concentró cerca del 60% de la superficie afectada, y el Cerrado fue la segunda región más afectada, con casi 10 millones de hectáreas dañadas (MapBiomas).

Frente a esa realidad, las medidas preventivas y la coordinación interinstitucional se vuelven urgentes: el Ministerio de Medio Ambiente brasileño activó desde comienzos de año la movilización de miles de brigadistas y adoptó una política nacional de gestión del fuego en 2024 para articular esfuerzos estatales, locales y comunitarios.

Tradición y ciencia: una alianza necesaria

Marco Borges, agente de IBAMA que coordina acciones en Tocantins, sintetiza la lógica de la colaboración: “Ellos conocen la región, el clima, la vegetación y los mejores tiempos para prender fuego. Empezamos a buscar el conocimiento tradicional, a aprender de ellos y a adaptarlo a nuestros objetivos”. La frase subraya una lección práctica: la ciencia y la técnica formal ganan eficacia cuando incorporan saberes que han funcionado durante generaciones.

Bolivar Rodrigues, de la agencia FUNAI, utiliza una metáfora potente: “El conocimiento tradicional y la ciencia son como las dos alas de un ave. Un pájaro con dos alas puede navegar el viento; con una sola, no”. Esa imagen además resalta una cuestión política: la inclusión de pueblos indígenas en la toma de decisiones fortalece la gobernanza ambiental y la legitimidad de las medidas.

Desinformación y estigmatización

A pesar de la evidencia técnica y el trabajo conjunto, persiste en redes sociales una narrativa que culpa a las comunidades indígenas por los incendios. Tras grandes conflagraciones, circulan imágenes descontextualizadas que acusan a pueblos originarios de iniciar fuegos que en realidad forman parte de operaciones controladas. Ese tipo de desinformación perjudica tanto las políticas públicas como la convivencia entre actores locales.

Los líderes indígenas, como el cacique Lazaro Xerente, han respondido señalando que sus ancestros siempre practicaron un manejo protector del territorio. “Desde que nací y mucho antes, mis antepasados han protegido la selva”, dijo Lazaro en una ceremonia en la que saludó la presencia de funcionarios pero también reclamó reconocimiento y respeto por las prácticas tradicionales.

Riesgos y límites de la estrategia

No obstante sus ventajas, las quemas prescritas exigen condiciones meteorológicas concretas, capacitación rigurosa y coordinación logística: si se aplican con precipitación errada, viento fuerte o sin control técnico, pueden transformarse rápidamente en incendios indeseados. Por eso la cooperación con institutos meteorológicos, el uso de datos satelitales y la implementación de protocolos de seguridad son imprescindibles.

En la Amazonía, por ejemplo, donde la densidad y humedad del bosque suelen protegerlo, las autoridades sostienen una política de “cero fuego” para minimizar cualquier intervención por el alto riesgo de daño irreversible en ecosistemas húmedos y de carbono almacenado. En el Cerrado, por su parte, la matriz de riesgo y la propia ecología permiten, con las debidas precauciones, el empleo de quemas controladas como una herramienta complementaria de manejo.

Lecciones para otras regiones y el futuro

La experiencia Xerente-IBAMA ofrece pautas valiosas para otros territorios amenazados por incendios: priorizar la participación comunitaria, reconocer y remunerar el conocimiento local, integrar tecnología (satélites, modelado meteorológico) con prácticas tradicionales, y establecer financiamiento sostenido para brigadas y capacitación.

Ante un escenario climático más volátil, las políticas de manejo del fuego deben ser flexibles y basadas en evidencia. Invertir en prevención —quemar donde y cuando corresponde, mantener cortafuegos, proteger nacientes y comunidades— resulta, desde la perspectiva costo-beneficio, mucho más eficaz que apagar megaincendios que devastan paisaje, biodiversidad y medios de vida.

En síntesis: el fuego planificado, lejos de ser una contradicción ambiental, puede convertirse en una palanca de resiliencia si se aplica con conocimiento y justicia social. Las brigadas Xerente, al combinar tradición y técnica, muestran que la adaptación al clima no es solo cuestión de tecnología, sino de reconocer saberes y gobernanza plural. Si la meta es conservar territorios y reducir pérdidas humanas y ecológicas, la lección es clara: escuchar y trabajar junto a las comunidades que conocen mejor su tierra.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press