Cuando el Estado no llega: cómo el crimen organizado se apropía de los asentamientos en Johannesburgo

Violencia, minas ilegales y armas sin control: por qué zonas empobrecidas se han convertido en territorios de impunidad

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Johannesburgo ha vuelto a mostrar, de manera brutal, una realidad que especialistas llevan advirtiendo desde hace años: cuando el Estado falla —por ausencia, debilidad o corrupción— el espacio queda disponible para que redes criminales se establezcan, exploten recursos y ejerzan violencia con impunidad. El tiroteo masivo reciente en un asentamiento informal que dejó 12 muertos y decenas de heridos no fue un hecho aislado, sino parte de un patrón que mezcla economía ilegal, armas en circulación y desconfianza ciudadana hacia las fuerzas de seguridad.

Un contexto de pobreza, desigualdad y espacios sin leíz

Sudáfrica es un país marcado por desigualdades persistentes: barrios ricos conviven a poca distancia de townships y asentamientos informales donde la infraestructura es precaria, la iluminación escasa y la policía llega tarde o no llega. Ese mapa social define también el mapa del crimen: la mayor parte de los homicidios y de los incidentes de violencia se concentran en las zonas más vulnerables.

Especialistas subrayan que los grupos delictivos capitalizan esas condiciones. Jacob Mofokeng, profesor de criminología en la University of South Africa, lo sintetiza así: “Criminal syndicates explicitly capitalize on this to hide weapons, execute hits, and vanish into the shadows” (AP). Esa frase, citada por la agencia, expresa la dinámica: los asentamientos no sólo sirven de refugio, sino también de plataforma operativa.

El problema de las armas: millones fuera de control

Otro factor clave es la proliferación de armas ilegales. Estudios independientes y organizaciones de la sociedad civil estiman que en Sudáfrica circulan entre 2 y 3 millones de armas no registradas en un país de unos 62 millones de habitantes; las armas constituyen la principal causa de homicidios (AP). Esa cifra —aunque aproximada— pone en perspectiva la facilidad con la que actores criminales pueden obtener el medio para ejercer violencia masiva.

Willem Els, analista del Institute for Security Studies, alerta sobre la confluencia de esos factores: “We’ve got a lot of unregistered firearms that are not being controlled by the police” (AP). En otras palabras: una reserva de instrumentos letales, combinada con brechas de control institucional, favorece la escalada del crimen organizado.

Minería ilegal y ‘zama zamas’: economía criminal en torno al oro

Johannesburgo y su región albergan algunas de las mayores reservas de oro del mundo. Esa riqueza subterranea ha dado lugar a un fenoméno complejo y peligroso: la minerí́a ilegal, protagonizada por bandas conocidas como zama zamas —expresión zulú que remite a quien se arriesga o intenta la suerte—. Estas redes instalan campamentos en zonas marginales, controlan galerías abandonadas y convierten el oro en un negocio que, según el gobierno sudafricano, le cuesta al país más de 3.000 millones de dólares anuales (AP).

Las consecuencias son multidimensionales: violencia por el control territorial, explotación laboral —frecuentemente con migrantes en situación irregular—, corrupción en cadenas de intermediación y daños ambientales considerables. Además, la minerí́a ilegal alimenta otras actividades delictivas y sirve como cobertura para el almacenamiento de armas y la planificación de ataques.

Una policía debilitada: corrupción, investigaciones y militarización

El Estado ha intentado respuestas visibles: el presidente autorizó el despliegue de tropas en algunas zonas durante un año como medida extraordinaria para combatir el crimen organizado. Para algunos observadores, esa decisión es una señal del reconocimiento de que la policí́a no estaba dando la talla en numerosos puntos calientes.

Al mismo tiempo, la policí́a sudafricana ha estado inmersa en graves alegaciones de corrupción y colusión con sindicados criminals. El anuncio de investigaciones nacionales y la detención de varios oficiales superiores han sido un intento de ordenar la institució́n, pero también han dejado un vacío de confianza entre la población.

Mike Bolhuis, investigador privado y especialista en seguridad, resume el efecto social: “The public doesn’t trust the police, they don’t trust the authorities, and they don’t trust each other” (AP). Esa desconfianza erosiona la búsqueda de información y la cooperación comunitaria, y facilita que las bandas operen sin ser delatadas.

Cómo las bandas se internan en la vida cotidiana

En los asentamientos informales las bandas no son sólo activas en la economía ilícita; también proveen servicios —o, por lo menos, imponen orden— donde el Estado no lo hace: seguridad privada extraoficial, control de mercados locales, resolución de conflictos y, en ocasiones, ayuda económica de emergencia. Esa mimetización con funciones socialmente reconocidas vuelve más difícil separar al delincuente del vecino y crea una relación de dependencia que bloquea alternativas.

  • Control territorial: vigilancia de rutas y puntos de acceso.
  • Economía paralela: venta y procesamiento de minerales, contrabando y trafico de armas.
  • Imposición de normas: multas, castigos y mecanismos de extorsión.

El resultado es una zona gris entre lo legal y lo ilegal en la que la presencia del crimen organizado se normaliza y las respuestas estatales deben ser mucho más sofisticadas que la mera represión militar o policial.

Desafíos para una estrategia efectiva

Abordar este problema exige una estrategia multifacética que vaya más allá de la fuerza: reconstrucción institucional de la policía, lucha contra la corrupción, programas de desarrollo local, control de fronteras y mercados de armas, y reformas en la administración de tierras y servicios básicos. Algunas líneas clave son:

  1. Reforma policial y transparencia: auditorías externas, vigilancia ciudadana y mecanismos de rendición de cuentas que restauren la confianza.
  2. Intervención socioeconómica: inversiones en infraestructura, iluminación, empleo y servicios públicos en los asentamientos para reducir la dependencia en la economía ilícita.
  3. Control de armas y mercados ilegales: operativos focalizados, intercambio de información regional y esquemas de desarme que impliquen incentivos reales.
  4. Acción contra la minerí́a ilegal: regularización de yacimientos explorados, operativos sincronizados y alternativas laborales para mineros informales.
  5. Participación comunitaria: programas de policía comunitaria, protección de denunciantes y canales seguros de información.

Ninguna de estas medidas es fácil y todas implican costos políticos y económicos. Pero la experiencia universales sugieren que la represión sin alternativas sociales sólo desplaza la violencia o la intensifica.

Referencias y cifras citadas

Las estadı́sticas y declaraciones citadas en este análisis provienen de reportes periodísticos y estudios independientes. Entre los datos mencionados se encuentran: estimaciones de 2–3 millones de armas ilegales en circulación en Sudáfrica y la cifra del gasto anual perdido por minerı́a ilegal —alrededor de 3.000 millones de dólares—, informaciones recogidas por la cobertura de prensa sobre el tema (AP). Para quien desee profundizar, la cobertura de AP sobre la ola de violencia y la minerı́a ilegal en Johannesburgo presenta entrevistas con especialistas y cifras oficiales y no oficiales que enriquecen el diagnóstico (https://apnews.com/hub/africa).

Ideas para el debate público y la acción inmediata

La violencia en los asentamientos no es un problema que se resolverá únicamente con más policía. Requiere recuperar la legitimidad del Estado y ofrecer alternativas económicas viables. Algunas propuestas pragmáticas que pueden discutirse en el corto plazo:

  • Programas temporales de empleo local vinculados a limpieza, seguridad comunitaria y rehabilitación de espacios, con metas medibles y supervisión ciudadana.
  • Iniciativas de canje y registro de armas, que combinen incentivos económicos y penalizaciones para desincentivar la circulación ilegal.
  • Operativos contra las cabecillas de las bandas pero acompañados por acciones sociales en paralelo, para evitar vacíos de poder que faciliten represalias.
  • Cooperación regional para frenar las redes de tráfico de armas y la migración irregular vinculada a la minerı́a ilegal.

Abordar la violencia organizada en Johannesburgo es también una prueba para la sociedad sudafricana: determinar si puede construir instituciones capaces de proteger a toda la población, no sólo a los barrios acomodados. Ese desafío exige decisiones políticas sostenidas, recursos y, sobre todo, voluntad de transformar relaciones sociales que hace décadas reproducen desigualdad y exclusión.

Si la respuesta gubernamental se limita a utilizar fuerzas armadas en forma temporal, el efecto será paliativo. Para romper el ciclo se necesita reconstruir confianza, cortar los canales que financian y arman a las bandas, y ofrecer caminos alternativos de subsistencia a las comunidades que hoy son funcionales a la economía criminal.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press