FIFA World Cup 2026 · 5 horas · 7 min

Fe, diversidad y unidad: cómo el Mundial 2026 convierte la diferencia religiosa en fortaleza colectiva

Desde Lamine Yamal hasta Mohamed Salah, pasando por Luka Modrić y Djed Spence, las selecciones de la Copa Mundial muestran que jugadores de distintas creencias comparten vestuario, campo y objetivos sin contradicciones.

En un torneo que reúne a decenas de naciones con tensiones sociales internas de toda índole, las selecciones nacionales de la Copa Mundial 2026 están ofreciendo algo que va más allá del espectáculo deportivo: un modelo concreto, y a veces sorprendente, de convivencia religiosa. Cristianos, musulmanes, católicos y protestantes comparten vestuario, se abrazan tras los goles y rezan juntos, cada uno a su manera, sin que eso suponga ningún conflicto visible. Para muchos expertos en pluralismo cultural, el fenómeno merece atención en un momento histórico en el que la polarización identitaria domina los debates políticos de varios de los países participantes.

"Es simbólico, pero también tiene sustancia real", afirma Eboo Patel, presidente de Interfaith America, una organización dedicada a promover el pluralismo y la cooperación entre religiones en Estados Unidos. "Ves a jugadores cristianos santiguarse, a jugadores musulmanes alzar las manos en oración, y luego se abrazan. El mensaje es: mi identidad importa y me hace mejor futbolista."

Patel subraya que la unidad que se construye en un equipo de alto rendimiento no es artificiosa. "No es un anuncio de televisión calculado ni una lección condescendiente. Es la manera en que se construye un equipo de fútbol de excelencia", señala. "Marcas un gol, cada uno dice sus oraciones respectivas, y luego se abrazan. Cooperas para construir una comunidad y un equipo."

Europa Occidental: de la homogeneidad al pluralismo de vestuario

El fenómeno resulta especialmente llamativo en las selecciones de Europa Occidental. Durante la mayor parte de la historia del fútbol moderno, esas escuadras fueron abrumadoramente blancas y cristianas. La diversificación demográfica de esas sociedades en las últimas tres décadas se refleja hoy, de forma directa, en las listas de convocados. Francia alinea jugadores de tradición protestante, católica y musulmana. La selección de Inglaterra, históricamente homogénea, tiene por primera vez en su historia a un jugador musulmán en la plantilla absoluta. España, por su parte, tiene como gran estrella emergente a un futbolista de fe islámica con apenas 18 años.

Paradójicamente, esas mismas naciones, Inglaterra, Francia, España y Suecia entre otras, han sido escenario en los últimos años de debates políticos encendidos en torno a la inmigración musulmana, la identidad nacional y la integración. Que sus selecciones ofrezcan una imagen cotidiana de colaboración entre jugadores de distintas creencias genera, como mínimo, una narrativa alternativa a la del conflicto.

Los protagonistas: perfiles de fe abierta en el Mundial

Mohamed Salah (Egipto) es, sin duda, el caso más documentado e influyente. El delantero del Liverpool es un musulmán sunita que practica su fe de forma pública, dentro y fuera del campo. Su gesto más reconocible, la postración en el césped tras marcar un gol, se ha convertido en uno de los iconos visuales del fútbol contemporáneo. Su impacto va más allá de lo simbólico: tras su incorporación al Liverpool en 2017, investigadores de la Universidad de Stanford publicaron un estudio que concluía que los tuits antimusulmanes de aficionados del club habían descendido a la mitad, y los crímenes de odio en la zona de Merseyside habían caído un 19% en comparación con otros condados de Inglaterra. El propio estudio, publicado en la revista PNAS, relacionó directamente ese descenso con la influencia de Salah como figura de referencia.

Lamine Yamal (España), de 18 años, es hijo de padre marroquí y practica el islam. Ya antes del Mundial había generado titulares al ondear la bandera palestina durante las celebraciones del FC Barcelona tras conquistar la Liga española en mayo de 2025. El gesto fue cuestionado por el técnico del equipo, Hansi Flick, y criticado por el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, quien acusó a Yamal de incitar al odio. Su presencia en el Mundial, convertido en el jugador más joven en disputar una Copa del Mundo con España, sitúa la cuestión de la identidad religiosa y cultural en el primer plano del debate.

Djed Spence (Inglaterra) ha hecho historia como el primer jugador musulmán en disputar un partido oficial con la selección absoluta de Inglaterra. El lateral del Tottenham, que previamente acumuló seis apariciones con la sub-21 inglesa, fue identificado como tal por la BBC y otros medios británicos, dado que la Federación Inglesa de Fútbol (FA) nunca ha llevado registros oficiales sobre la religión de sus jugadores. "Es bueno hacer historia y, con suerte, inspirar a niños jóvenes de todo el mundo para que vean que ellos también pueden llegar hasta aquí", declaró Spence a la BBC.

Luka Modrić (Croacia) representa el polo cristiano de esta diversidad. A sus 40 años, el centrocampista del Real Madrid disputa su quinto Mundial y tiene previsto superar las 200 internacionalidades durante el torneo, una marca histórica para la selección croata. Católico practicante, Modrić acostumbra a llevar espinilleras con imágenes de Jesús y la Virgen María. Días antes de que la expedición croata viajara a Estados Unidos, él y sus compañeros celebraron una misa en la capilla de la localidad costera de Ičići, en la riviera de Kvarner.

Marc Guéhi (Inglaterra), defensa de 25 años que jugó su primera temporada en el Manchester City antes de ser convocado, es hijo de un pastor cristiano en Londres. Durante la campaña de la Premier League dedicada a la inclusión LGBTQ+, Guéhi escribió mensajes religiosos en su equipación, contraviniendo las normas de la FA, que prohíbe expresamente los mensajes religiosos o políticos en los uniformes. La federación optó por no sancionarlo. Su caso abrió un debate sobre los límites entre la libertad religiosa, las normas deportivas y las campañas de valores promovidas institucionalmente.

Yasin Ayari (Suecia), cuyo padre es de origen tunecino, marcó dos goles ante Túnez en la fase de grupos y, tras el primero, se postró en el campo en señal de agradecimiento a Dios, un gesto que no pasó desapercibido dada la carga emocional del encuentro.

Christian Pulisic (Estados Unidos) encarna la fe cristiana en el equipo anfitrión. El delantero del AC Milan lleva habitualmente una cruz al cuello, regalo de su madre, y ha liderado estudios bíblicos en el seno de la selección. Sus publicaciones en Instagram incluyen con frecuencia imágenes de pasajes subrayados de la Biblia. Otros compañeros suyos, como el centrocampista Weston McKennie, cuya biografía en Instagram se reduce a cuatro palabras ("All glory to God"), o el portero Matt Freese, comparten esa expresión pública de su fe.

Irak: diversidad religiosa en un contexto de persecución histórica

Quizás el ejemplo más revelador del alcance político y social de esta diversidad lo ofrece la selección de Irak. El equipo reúne a kurdos, musulmanes sunitas, musulmanes chiitas y varios jugadores cristianos, un dato que adquiere una dimensión extraordinaria si se tiene en cuenta que la población cristiana del país se ha desplomado desde aproximadamente 1,5 millones de personas en 2003 hasta apenas 150.000 en la actualidad, según estimaciones de organizaciones humanitarias, como consecuencia de décadas de violencia sectaria y persecución. Uno de esos jugadores, el centrocampista Aimar Sher, comparte abiertamente su fe en redes sociales, donde ha publicado fotografías con una camiseta que reza "Pertenezco a Jesús".

Que un equipo representativo de Irak alinee de forma pacífica a jugadores de todas esas tradiciones no resuelve los problemas estructurales del país, pero sí ofrece una imagen que, en el contexto del fútbol globalizado y mediático, tiene una capacidad de difusión extraordinaria.

El fútbol como espejo y como laboratorio

El argumento de quienes, como Eboo Patel, ven en estas selecciones un modelo de pluralismo funcional no se basa en la ingenuidad. Un equipo de fútbol de élite no es una utopía: hay conflictos, jerarquías, tensiones y presiones de todo tipo. Pero la convivencia diaria entre jugadores de distintas religiones, etnias y culturas, orientada hacia un objetivo común y sometida a la presión máxima de un Mundial, produce dinámicas que pocas otras instituciones son capaces de generar.

La fase de grupos de la Copa Mundial 2026 ha dejado ya imágenes que lo ilustran con precisión: jugadores que se persignan en el centro del campo junto a compañeros que se postran hacia La Meca, capitanes que escriben versículos bíblicos en sus espinilleras mientras el compañero de al lado reza el Fajr antes del entrenamiento. La diferencia existe, es visible y es reconocida por todos los implicados. Y precisamente por eso, afirman sus protagonistas, funciona.

We use cookies to improve your experience on our site and to enhance and personalise your experience. To find out more, read our privacy policy and cookie policy. Accept