Gustavo Alfaro y la transformación de Paraguay: de la reconstrucción a la identidad mundialista rumbo a 2026
El entrenador argentino tomó una selección guaraní desordenada y la convirtió en un equipo compacto, competitivo e identificado con una filosofía clara, logrando la clasificación al Mundial 2026 con uno de los procesos más sólidos de Sudamérica.

Gustavo Alfaro vuelve a estar en el escenario más grande del fútbol. A sus 63 años, el entrenador argentino llega al Mundial 2026 con una mochila más cargada que en Qatar 2022, cuando condujo a Ecuador en una participación que dejó sensaciones positivas pese a la eliminación en fase de grupos. Esta vez lo hace con Paraguay, una selección a la que reconstruyó desde los cimientos, devolviéndole protagonismo regional y, sobre todo, una razón para creer en sí misma.
Una llegada en el momento justo
Alfaro asumió como entrenador de la Albirroja en agosto de 2024, tras la salida de Daniel Garnero después de una discreta Copa América disputada en Estados Unidos. El diagnóstico inicial era preocupante: un equipo desordenado, frágil anímicamente y sin respuestas futbolísticas claras. Su llegada no implicó apenas un cambio de nombres o de sistema, sino una transformación mucho más profunda en términos de estructura, identidad y convicción.
Los primeros resultados marcaron el tono del ciclo. Debut con empate ante Uruguay en Montevideo y victoria 1-0 sobre Bolivia en Asunción. Desde allí, Paraguay no frenó: sumó un empate valioso en Quito frente a Ecuador, venció a Venezuela en casa, cerró el año con un triunfo de alto impacto ante Argentina y rescató un punto en la altura de El Alto. Más adelante llegó una victoria ante Brasil, uno de los resultados que terminaron de consolidar la confianza del proceso.
"Yo lo único que tuve que hacer es zamarrear un poquito el árbol para que se cayeran las arañas y nos diéramos cuenta de que ese árbol estaba lleno de frutos."Gustavo Alfaro
La frase captura con exactitud la naturaleza de su trabajo en el seleccionado guaraní. Más que inventar algo desde cero, Alfaro detectó una base existente, la ordenó, la fortaleció y la convenció de que podía dar mucho más de lo que venía mostrando.
Los números que respaldan el proceso
Las estadísticas de Paraguay en las Eliminatorias Sudamericanas hablan por sí solas y le dan sustento empírico a lo que se vio en la cancha. En 12 partidos disputados, la Albirroja registró los siguientes números:
- 6 victorias, 5 empates y 1 derrota (únicamente ante Brasil como visitante)
- 13 goles a favor, reflejo de una agresividad ofensiva que no se resignó
- 7 goles en contra, la cifra más representativa de la solidez defensiva construida
Ese equilibrio, lejos de ser accidental, fue uno de los grandes logros del entrenador argentino. Porque Alfaro no armó solo un equipo para resistir: armó uno para competir. Paraguay dejó de ser un conjunto largo, vulnerable y errático para convertirse en un bloque compacto, disciplinado y difícil de descifrar. La obsesión histórica del DT por la solidez defensiva encontró en esta selección un terreno fértil.
Pero el crecimiento no se limitó al aspecto defensivo. Sin necesidad de ser un equipo dominante desde la posesión, Paraguay se volvió más práctico y efectivo: potenció el juego aéreo, sacó mayor rédito de la pelota parada y encontró una forma concreta de hacer daño. En síntesis, se convirtió en un equipo más incómodo para cualquier rival.
Del aprendizaje en Qatar a la madurez táctica
La experiencia de Qatar 2022 con Ecuador parece haber moldeado una versión más afinada de Alfaro. Aquella Copa del Mundo le dejó una certeza: en un torneo de máxima exigencia no alcanza con competir bien, también hay que saber gestionar cada detalle, administrar las emociones del plantel y leer con precisión los momentos de cada partido. Ese aprendizaje se tradujo en su ciclo paraguayo.
La clasificación al Mundial 2026 no fue producto de una ráfaga ni de una inspiración aislada, sino de un proceso serio, sostenido y coherente. Alfaro además utilizó la ventana de amistosos para darle rodaje internacional a su grupo y medir sus respuestas ante estilos distintos. En octubre de 2025, Paraguay igualó 2-2 con Japón, luego cayó ante Corea del Sur (2-0) y Estados Unidos (2-1), pero más adelante mostró señales positivas con victorias sobre México (2-1) y Grecia (1-0). Ya en la fecha FIFA de marzo de 2026, registró una derrota 2-1 frente a Marruecos, en un duelo exigente que funcionó como termómetro de cara a la Copa del Mundo, y cerró su preparación con una goleada 4-0 sobre Nicaragua.
"Lo que menos me importa en estos partidos es el resultado."Gustavo Alfaro
La declaración, pronunciada tras el amistoso ante Marruecos, no fue una excusa sino una declaración de principios. Para el entrenador argentino, esos encuentros funcionan como plataformas de ajuste, observación y ensayo, más útiles para corregir detalles que para quedarse atado al marcador.
Liderazgo, palabra y reconstrucción anímica
Más allá de lo estrictamente táctico, Alfaro construye desde la palabra y la convicción. Sus equipos no solo entienden qué hacer en la cancha, sino también por qué hacerlo. El entrenador suele apoyarse en conceptos, metáforas y mensajes que buscan fortalecer la cohesión del grupo, una marca registrada de toda su carrera. En Paraguay, ese costado pedagógico fue tan determinante como cualquier ajuste posicional, porque el proceso necesitaba no solo respuestas futbolísticas sino también una reconstrucción desde lo anímico.
En el fútbol de selecciones, donde el tiempo de trabajo conjunto es por naturaleza limitado, la gestión del grupo se vuelve tan importante como la idea de juego. Alfaro logró alinear al plantel detrás de una misma filosofía, fortaleció el sentido de pertenencia y reconstruyó la confianza de un equipo que llegó a él golpeado. El resultado fue visible: Paraguay no solo se ordenó dentro del campo, también volvió a creer en sus posibilidades.
La evolución del propio Alfaro queda reflejada en el perfil de sus equipos. A diferencia del Ecuador dinámico y vertical que llevó a Qatar 2022, este Paraguay se apoya en una estructura más rígida y una lógica más pragmática. La experiencia le permitió entender qué necesita cada plantel y adaptarse sin traicionar sus principios: primero el orden, después el desarrollo del juego.
Una identidad clara como mayor mérito
Si algo distingue a los equipos de Alfaro es que rara vez traicionan su esencia. Pueden tener mejores o peores actuaciones, más o menos vuelo creativo, pero casi siempre se los reconoce. La Albirroja de hoy entra plenamente en esa categoría: es un equipo que no se desordena con facilidad, que entiende cuándo sufrir, cuándo golpear y cómo sostenerse dentro de los partidos sin necesidad de ser brillante para ser peligroso.
Esta selección paraguaya no solo clasificó a un Mundial: llegó al Mundial con una identidad clara. Y ahí reside, quizás, el mayor mérito del proceso liderado por Gustavo Alfaro. Porque si en Qatar 2022 sorprendió al mundo con Ecuador, ahora buscará dar un paso más con una selección que hizo completamente propia su filosofía, esa que él mismo resume en una frase que ya se ha vuelto parte de su sello: la de ser "cazadores de utopías imposibles".
Alfaro, otra vez, está en la Copa del Mundo. Y lo hace con un equipo hecho a su medida: ordenado, sólido, competitivo y preparado para ir detrás de otra de esas utopías que tanto le gustan.
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