Maradona contra Inglaterra en México 1986: la Mano de Dios y el gol del siglo que forjaron una leyenda
El cuarto de final del Mundial de México 1986 entre Argentina e Inglaterra fue el escenario donde Diego Armando Maradona marcó dos de los goles más célebres de la historia y se transformó para siempre en un ídolo inmortal.
Hay partidos que trascienden el marcador, las estadísticas y hasta el propio deporte. El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca de Ciudad de México, Argentina e Inglaterra se enfrentaron en los cuartos de final de la Copa del Mundo, y durante 90 minutos Diego Armando Maradona condensó todo lo que significa el fútbol: la trampa, el arte, la épica y la redención. Aquel 2-1 no fue solo una victoria deportiva; fue un acontecimiento cultural e histórico que redefinió la relación del 10 argentino con el mundo entero.
Una deuda pendiente con la Selección
Para comprender la magnitud de lo que ocurrió aquel domingo en México, conviene repasar el camino previo de Maradona con la camiseta albiceleste. El crack nacido en Lanús había conquistado el Campeonato Mundial Juvenil de 1979 en Tokio, una actuación brillante que alimentó expectativas descomunales para los torneos mayores. Sin embargo, el entrenador César Luis Menotti lo dejó fuera de la lista del Mundial 1978, el que Argentina ganó en casa, y la edición de España 1982 concluyó con una expulsión ante Brasil y una eliminación prematura que dejó un sabor amargo.
En el plano de clubes, el panorama era muy diferente. Maradona ya era campeón con Boca Juniors, había ganado títulos con el FC Barcelona y en Italia lideraba un Nápoli que acababa de terminar tercero en la Serie A, el mejor resultado de su historia hasta entonces. El talento no estaba en discusión; la consagración con la Selección Mayor era la asignatura pendiente. México 1986 era su momento.
El peso histórico del rival
El partido contra Inglaterra no era cualquier partido de cuartos de final. Apenas cuatro años antes, en 1982, Argentina y el Reino Unido habían librado la Guerra de las Malvinas, un conflicto que dejó cientos de muertos y heridas que aún no habían cerrado. Para buena parte de la sociedad argentina, el encuentro futbolístico cargaba una dimensión casi bélica: era la revancha posible, el campo de juego como espacio simbólico de una disputa que las armas no habían resuelto de manera satisfactoria. Dejar afuera a los ingleses se convirtió, antes del pitido inicial, en una necesidad emocional que iba mucho más allá de clasificarse a semifinales.
El primer tiempo fue equilibrado, con mayor dominio e iniciativa por parte de Argentina, pero sin goles. La historia estaba reservada para los 45 minutos finales.
La Mano de Dios: viveza y audacia
Al minuto 51, Diego inició una jugada desde la mitad del campo, sorteó rivales y llegó al borde del área. Cedió el balón a Jorge Valdano, quien no pudo controlarlo; el rechazo defectuoso de un defensor inglés volvió hacia Maradona de forma involuntaria. El portero Peter Shilton salió con los puños para despejar, pero fue el puño izquierdo de Diego, hábilmente escondido entre sus rizos durante el salto, el que empujó la pelota hasta la red. El árbitro tunecino Ali Bennaceur y su juez de línea convalidaron el tanto pese a las protestas furiosas de los once jugadores ingleses.
Las imágenes de televisión, repetidas en cámara lenta, confirman la infracción. Maradona, lejos de negarlo con el tiempo, la bautizó con una frase que pasó a la historia: "la mano de Dios". La trampa ejecutada con maestría quirúrgica resumía también una filosofía de juego callejero, de potrero, donde la habilidad incluye también el ingenio para burlar las reglas cuando nadie mira.
"Que Dios me perdone lo que voy a decir, contra Inglaterra hoy, aún así quiero ganar, con un gol con la mano, qué quiere que le diga."Víctor Hugo Morales, relator uruguayo, desde el Estadio Azteca
El gol del siglo: arte en movimiento
Cinco minutos después, con el marcador 1-0, ocurrió algo que ningún manual de fútbol podría haber prescrito. Maradona recibió el balón cerca del círculo central en su propio campo y comenzó una carrera de 60 metros aproximadamente que duró apenas 10 segundos y que dejó en el camino a seis jugadores ingleses: Hoddle, Reid, Sansom, Butcher, Fenwick y, finalmente, el propio portero Shilton. El remate, con el arco vacío y a ras de suelo, fue la culminación perfecta de lo que la FIFA declaró oficialmente en el año 2002 el "Gol del Siglo", tras una votación popular en la que participaron millones de aficionados de todo el mundo.
Lo que pocos recuerdan es que existe un antecedente casi premonitorio. En un partido amistoso jugado contra la misma Inglaterra en 1980, Maradona había elaborado una jugada de similares características: superó a varios defensores, pero ante la salida del arquero optó por un toque cruzado que rozó el poste derecho y se perdió fuera. Según el propio Diego, su hermano Hugo lo llamó después del partido para "retarlo": debería haber eludido al arquero y definido con el arco despejado. Seis años más tarde, en el momento más importante de su carrera, recordó ese consejo y lo ejecutó a la perfección.
"El gol soñado."Diego Armando Maradona, sobre su segundo tanto ante Inglaterra
El legado de un partido irrepetible
Argentina ganó 2-1 con el descuento inglés firmado por Gary Lineker en el minuto 81. La clasificación a las semifinales abrió el camino hacia la gloria: Maradona marcaría dos goles más ante Bélgica, habilitaría a Jorge Burruchaga para el tanto de la victoria en la final ante Alemania Occidental y levantaría la Copa del Mundo por primera y única vez como capitán de la Albiceleste. Pero el partido ante Inglaterra fue el verdadero punto de inflexión.
En aquellos 90 minutos convivieron, en el mismo hombre y en el mismo partido, la transgresión y el genio, la picardía y la poesía. Maradona no solo ganó un cuarto de final: fundó un mito. A partir de ese 22 de junio, la relación entre Diego y la afición argentina, y en buena parte con el mundo futbolero, adquirió una dimensión casi religiosa. El estadio Azteca, con cerca de 114,000 espectadores en las gradas, fue el templo; el balón, el instrumento; y Maradona, sin discusión posible, el oficiante de una ceremonia que el tiempo no ha conseguido apagar.
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