Mundial 2026: los viajes intercontinentales, la altitud y el calor ponen a prueba a los 48 equipos del torneo más grande de la historia
Selecciones como Curazao, Bosnia-Herzegovina e incluso las anfitrionas deben recorrer miles de kilómetros entre partidos, mientras la altura de México y el calor húmedo de ciudades estadounidenses añaden obstáculos físicos a la competición.
El Mundial 2026 es, por definición, el torneo de fútbol más ambicioso jamás organizado. Con 48 selecciones, tres países anfitriones (Estados Unidos, Canadá e México), cuatro husos horarios e instalaciones separadas por miles de kilómetros, la competición presenta un rompecabezas logístico sin precedentes en la historia del fútbol internacional. Lejos de ser un simple inconveniente administrativo, los grandes desplazamientos ya están dejando huella en la preparación física y el rendimiento de los equipos desde la fase de grupos.
Las rutas más exigentes: quién viaja más y cuánto
Los números hablan por sí solos. Curazao, debutante en la cita mundialista, tiene previsto recorrer aproximadamente 8.600 kilómetros de ida y vuelta desde su base en Florida hasta sus partidos en Houston, Kansas City e Filadelfia. Es una distancia equivalente a cruzar el Atlántico desde Lisboa hasta Nueva York, y la selección caribeña deberá hacerlo en cuestión de días, entre duelos de alta intensidad.
No muy por detrás aparece Bosnia-Herzegovina, que acumulará cerca de 8.400 kilómetros entre su campo de entrenamiento en Utah y sus compromisos en Toronto, Los Ángeles e Seattle, tres ciudades que abarcan desde el noreste de Canadá hasta la costa del Pacífico estadounidense. La travesía supone gestionar no solo el cansancio físico, sino también los cambios horarios que acompañan a esos desplazamientos.
La situación de la República Checa ilustra bien la complejidad del calendario. El equipo comenzó el torneo viajando desde su base en Dallas hasta Guadalajara, cruzando la frontera hacia México. Tras ese partido, regresó a Texas para preparar el siguiente choque, programado en Atlanta, antes de volver de nuevo a México para su tercer compromiso de grupo. El seleccionador Miroslav Koubek no ocultó su incomodidad, aunque asumió la situación con pragmatismo:
"Simplemente tenemos que convivir con esto, porque así lo planificaron otros. Estamos contentos de estar aquí y queremos obtener los mejores resultados posibles. Nuestra logística entre bastidores funciona bien, pero evidentemente no es lo ideal tener que viajar tanto", declaró Koubek tras la derrota por 2-1 ante Corea del Sur en Guadalajara.
Las anfitrionas tampoco se libran
Incluso las selecciones locales afrontan traslados considerables. Canadá tuvo que realizar un vuelo de casi cinco horas para cubrir los más de 3.200 kilómetros que separan Toronto de Vancouver tras su partido inaugural. Estados Unidos también se mueve de forma constante entre su campo de entrenamiento en Irvine (California) y sus partidos en el área de Los Ángeles e Seattle, con una distancia total acumulada que roza igualmente los 3.000 kilómetros.
La excepción entre los anfitriones es México, que juega todos sus partidos de grupo en territorio nacional y calcula que no superará los 965 kilómetros de desplazamiento, una cifra muy inferior a la de sus rivales en el torneo.
Entre los grandes favoritos al título, Inglaterra emerge como el equipo con la ruta más exigente dentro del bloque de candidatos principales. Con su base establecida en Kansas City, los ingleses tienen compromisos en Dallas, Boston e Nueva York, lo que implica cruzar el país de un extremo a otro. España, por su parte, deberá realizar un vuelo de casi cuatro horas desde su cuartel general en Atlanta hasta Guadalajara para uno de sus partidos de grupo.
En cambio, Argentina e Francia, finalistas del Mundial de Catar 2022, disfrutan de calendarios comparativamente más sencillos. La albiceleste tiene su base en Kansas City, donde también disputará su primer partido como defensora del título, antes de jugar sus otros dos compromisos de grupo en Dallas. Los galos están instalados en Boston y solo tendrán que desplazarse a Filadelfia e Nueva York para los restantes encuentros de la fase inicial.
La FIFA y el intento de agrupar geográficamente a los equipos
La FIFA tomó conciencia de los retos logísticos del formato antes de que comenzara la competición. La organización intentó crear clústeres geográficos, de modo que cada selección concentrara sus partidos en ciudades próximas entre sí y su campo de entrenamiento estuviera razonablemente cerca de esas sedes. El problema es que, en un continente de la magnitud de América del Norte, "razonablemente cerca" puede seguir significando miles de kilómetros.
El contraste con el último Mundial celebrado, el de Catar 2022, no puede ser más radical. El pequeño emirato del Golfo Pérsico tiene una extensión similar al estado de Connecticut, menor incluso que Suiza, lo que permitió que los equipos viajaran entre estadios en cuestión de minutos y que los aficionados pudieran asistir a más de un partido al día. El reto logístico en aquel torneo era prácticamente inexistente.
Sin embargo, los Mundiales disputados en territorios extensos ya ofrecen precedentes de estos inconvenientes. En Rusia 2018, los equipos debían moverse entre ciudades como Kaliningrado, Ekaterimburgo e Sochi, separadas por enormes distancias. En Brasil 2014, selecciones como Australia recorrieron miles de kilómetros entre ciudades como Cuiabá, Porto Alegre e Belo Horizonte. La diferencia con 2026 es que ahora hay tres países y cuatro husos horarios implicados simultáneamente.
La voz de los técnicos: adaptarse o no tener excusas
El seleccionador de Turquía, Vincenzo Montella, fue quizás el más elocuente a la hora de describir el reto que supone el calendario de viajes. Su equipo entrena en Arizona, a unos 1.930 kilómetros de Vancouver, donde debutó con una derrota por 2-0 ante Australia. El técnico italiano habló con cierto humor agridulce antes del partido:
"Claro, después del partido estaremos de vuelta a las cinco de la mañana, y no es fácil recuperarse, sobre todo para gente de mi edad. Después de una noche así sabes que tardas varios días en recuperarte. América es grande, Canadá es muy grande, México es grande. Tenemos que adaptarnos. Sé que estas cosas no se pueden cambiar, no puedes elegir. Solo tienes que adaptarte para no tener excusas", afirmó el técnico de 51 años.
Ese espíritu de resignación pragmática es compartido por casi todos los seleccionadores consultados. Nadie niega la dificultad, pero tampoco ninguno pretende utilizarla como excusa oficial ante posibles malos resultados. La competición es la misma para todos.
La altitud en México: un factor invisible pero determinante
Más allá de los kilómetros en avión, otro elemento está condicionando el rendimiento deportivo de forma directa: la altitud. Los partidos disputados en territorio mexicano implican competir a una altura considerablemente superior a la del nivel del mar.
Ciudad de México se sitúa a unos 2.200 metros de altitud (aproximadamente 7.200 pies), mientras que Guadalajara, segunda sede mexicana en importancia, está a cerca de 1.500 metros (unos 4.900 pies). Estas cifras son suficientemente elevadas como para reducir la concentración de oxígeno disponible para los futbolistas e incrementar de manera notable el esfuerzo físico percibido, especialmente en los segundos tiempos, cuando la fatiga acumulada se suma a la hipoxia relativa.
Corea del Sur es uno de los equipos que mejor preparó este factor. El cuerpo técnico de Hong Myung-bo diseñó sesiones específicas de aclimatación a la altitud antes del partido contra la República Checa en Guadalajara, que los coreanos ganaron por 2-1 en una remontada. Pese a ello, el propio seleccionador reconoció que la preparación no fue suficiente para neutralizar completamente el efecto de la altura:
"En la segunda parte, creo que se pudo ver que todos estaban muy cansados", admitió Hong tras el choque, en el que su equipo dominó con claridad en los primeros compases pero acusó el esfuerzo con el paso de los minutos.
Calor, humedad e hierba: las quejas de Vinícius
La altitud no es el único reto climático del torneo. Las ciudades estadounidenses que acogen partidos en junio y julio presentan condiciones de calor e humedad que también están pasando factura a los futbolistas. Houston, Dallas, Nueva York e Miami son sedes con temperaturas que pueden superar fácilmente los 35 grados Celsius en verano, combinadas con niveles de humedad relativa que dificultan la termorregulación del organismo.
Uno de los que más alto alzó la voz fue el delantero brasileño Vinícius Júnior, tras el empate de Brasil a un gol con Marruecos en East Rutherford, Nueva Jersey. El atacante del Real Madrid se mostró crítico con las condiciones del terreno de juego e del ambiente:
"Por el clima, el calor, el campo se seca demasiado rápido y el juego se encalla; no podemos tener ritmo de juego. Eso nos dificulta las cosas porque queremos jugar, queremos mover el balón de banda a banda, y eso entorpece nuestro juego. Pero vamos a tener que adaptarnos porque creo que va a ser así durante toda la competición, donde todos van a tener el mismo campo de juego", declaró el extremo carioca.
La reflexión de Vinícius apunta a algo estructural: el tipo de césped que resiste mejor el calor y la sequedad no siempre es el que favorece el fútbol de toque e posesión que practican las selecciones más técnicas del planeta. En ese sentido, el factor climático podría actuar como igualador táctico, restando ventaja a los equipos que basan su juego en la velocidad de circulación del balón.
Cabo Verde y la sorpresa que niega las críticas al formato ampliado
En medio de todos estos debates logísticos y climáticos, el terreno de juego ofreció en Atlanta uno de los argumentos más contundentes en defensa del nuevo formato de 48 equipos. Cabo Verde, archipiélago al oeste de África con apenas medio millón de habitantes e una superficie de unos 4.000 kilómetros cuadrados, protagonizó uno de los resultados más sorprendentes de la fase de grupos al empatar sin goles ante España, campeona de Europa en 2024 e una de las grandes favoritas al título.
La selección isleña aguantó los embates del combinado español con una mezcla de organización defensiva, determinación colectiva e la actuación monumental de su portero Vozinha, de 40 años, que se convirtió en el mejor jugador del encuentro tras detener una serie de disparos peligrosos al filo del descanso, entre ellos lanzamientos de Ferran Torres, Pedri e Aymeric Laporte. España tuvo su ocasión más clara cuando Torres golpeó el poste poco antes del intermedio, pero el marcador no se movió.
El seleccionador caboverdiano, Pedro Leitão Brito, no ocultó la magnitud del logro: "Esto lo significa todo para nuestro país. Siempre dijimos que queríamos que todo el mundo viera a nuestro país, a nuestro equipo, y hemos demostrado organización y valentía. Esto es una prueba de lo que representa nuestro país: resiliencia e intentar superar las dificultades".
El defensor Steven Moreira lo resumió con una sola palabra: "Un sueño". Vozinha, por su parte, rompió a llorar tras el pitido final, emocionado por haber mantenido la portería a cero ante la campeona de Europa.
España estuvo incluso a punto de recibir un golpe aún mayor: en los minutos finales, Diney Borges tuvo una ocasión de cabeza que pudo significar el 1-0 para Cabo Verde, pero el guardameta español Unai Simón respondió con una buena intervención. El seleccionador español Luis de la Fuente, que antes del partido había advertido públicamente de la peligrosidad de Cabo Verde como posible sorpresa del torneo, reconoció las carencias de los suyos sin alarmismo:
"Deberíamos haber ganado el partido con todo lo que ocurrió, con todas las situaciones favorables que generamos, pero nos faltó frescura e contundencia. ¿Qué dudas crees que va a tener mi equipo? Cero dudas. Sabemos lo difícil que es esta competición. La idea que debemos seguir es la que nos trajo hasta aquí e la que nos hizo campeones de Europa", señaló De la Fuente.
Un contexto histórico que avala las sorpresas
El resultado de Cabo Verde no es un fenómeno aislado en la historia del fútbol. Los Mundiales están plagados de ejemplos en los que selecciones modestas han tumbado o frenado a gigantes del deporte:
- Camerún derrotó a la Argentina campeona defensora en el Mundial de Italia 1990.
- Senegal venció a la Francia campeona defensora en la apertura del Mundial de Corea-Japón 2002.
- Arabia Saudí batió a la Argentina de Messi en Catar 2022, aunque los argentinos terminaron alzando la copa.
Cabo Verde no ganó, pero su empate ante España es un recordatorio de que ampliar la participación a 48 selecciones no implica necesariamente diluir la calidad competitiva del torneo. El país ocupa el tercer lugar entre las naciones más pequeñas por población en haber alcanzado la fase final de un Mundial, e su actuación frente a una de las potencias absolutas del fútbol mundial refuerza el argumento de que el acceso a la máxima competición no debería ser un privilegio exclusivo de las federaciones más poderosas.
A pesar de contar con una mayoría de seguidores españoles entre los 67.640 espectadores del Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, fue la afición caboverdiana la que llenó de alegría los pasillos del recinto con cánticos y bailes tras el pitido final. "Todos estamos felices, porque hemos trabajado mucho para llegar aquí. Merecemos estar aquí", proclamó Vozinha con la voz aún entrecortada por la emoción.
Un torneo que pone a prueba mucho más que el fútbol
El Mundial 2026 está demostrando, ya desde sus primeros compases, que la excelencia deportiva exige mucho más que talento sobre el césped. La capacidad de los cuerpos técnicos para gestionar la recuperación de sus jugadores tras vuelos nocturnos de varias horas, la aclimatación a la altitud mexicana, el control de la hidratación en estadios con temperaturas extremas e la adaptación táctica a campos que se resecan rápidamente bajo el sol del verano norteamericano se han convertido en variables tan decisivas como la calidad individual de cada plantilla.
En ese contexto, selecciones con recursos logísticos y científicos más limitados, como Curazao o Bosnia-Herzegovina, afrontan una desventaja estructural difícil de compensar. Mientras tanto, las grandes potencias, con sus equipos de fisioterapeutas, nutricionistas, analistas de datos e asesores de alto rendimiento, tratan de convertir cada vuelo en una oportunidad de recuperación activa. La diferencia entre unos e otros puede no verse en el marcador de un partido concreto, pero sí acumularse de forma silenciosa a lo largo de la fase de grupos.
Lo que está fuera de toda duda es que este Mundial 2026 será recordado como el torneo que forzó a todos, grandes e pequeños, favoritos e recién llegados, a adaptarse a unas condiciones que no eligieron. Y en esa adversaidad compartida, precisamente, reside buena parte del atractivo e la incertidumbre de la cita más esperada del fútbol mundial.
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