River Plate y el fracaso de Coudet: setenta millones sin equipo
Eliminado en la Sudamericana, el equipo sufre una crisis que va más allá de los resultados puntuales y cuestiona la gestión técnica del entrenador.
Un container como vestuario, un plantel de más de treinta nombres y una eliminación por penales en la que hasta el arquero terminó pateando y errando. Si alguien buscaba una imagen para resumir el presente de River Plate, ahí la tiene. Y lo llamativo es que ninguna de esas escenas tiene que ver con la categoría en juego: River no pelea el descenso, pero atraviesa una crisis que, a su manera, resulta tan preocupante como aquella tarde de 2011 frente a Belgrano. La diferencia es que ahora hay una inversión inédita para el fútbol argentino detrás, y aun así, el equipo no aparece por ningún lado.
La responsabilidad no es solo dirigencial. Eduardo Coudet tuvo a disposición un plantel repleto de recursos y nunca logró convertirlo en un equipo reconocible. Esa fue su gran falla, más allá de cualquier derrota puntual. La eliminación ante Independiente Santa Fe en los octavos de final de la Copa Sudamericana no fue un accidente aislado: fue la confirmación de un problema que ya se veía venir en todas las competencias.
Los números lo dejan claro. Desde su llegada en marzo de 2026, Coudet dirigió 27 partidos, con 13 victorias, seis empates y ocho derrotas. El arranque disimuló las dudas con resultados; cuando la efectividad bajó y la exigencia subió, no hubo estructura de la cual sostenerse.
Setenta millones de dólares sin equipo
River hizo el mercado de pases más caro de la historia del fútbol argentino: US$68.45 millones en nueve incorporaciones, entre ellas Nicolás Otamendi, Mauro Arambarri, Lucas Beltrán, Rafael Santos Borré, Ángel Correa y Thiago Almada. La jerarquía de esos nombres hace que cualquier excusa vinculada a la calidad individual pierda fuerza. El problema nunca fue la materia prima, sino la incapacidad para ordenarla.
Tanta abundancia, lejos de ser una ventaja, terminó jugando en contra. Correa, Almada, Sebastián Driussi, Borré y Beltrán competían por pocos lugares arriba; en el medio pasaba algo parecido. Cada formación dejaba afuera a jugadores importantes, y cada cambio reabría una discusión que Coudet nunca cerró. Tampoco ayudó que varios refuerzos no llegaran en su mejor momento: Otamendi se sumó con 38 años, Borré volvió con 30 tras un tramo irregular, y Beltrán todavía no convirtió desde su retorno.
Rotación permanente, jerarquía ausente
Un entrenador no solo elige once nombres: define roles, jerarquías y reglas claras para entrar al equipo. Coudet modificó la formación inicial en 24 de sus primeros 26 partidos y llegó a encadenar 21 encuentros sin repetir el once. Después del receso, promedió más de cuatro cambios de una presentación a la siguiente. Las lesiones y los fichajes explican parte de eso, pero no todo.
Probar tanto trajo problemas: defensores que no repetían compañeros, mediocampistas adaptándose a estructuras distintas, delanteros sin química. River podía mostrar un once de enorme nombre y, sin embargo, cada partido arrancaba casi desde cero.
Ahí entra el episodio del container. La dirigencia decidió que hasta 14 futbolistas dejaran de entrenar con el plantel profesional y se movieran al predio de Cantilo, donde debían usar un container como vestuario porque las instalaciones no estaban terminadas. La idea era aliviar la masa salarial y abrir lugares para las nuevas caras. El club reconoció después que las formas fueron equivocadas, aunque mantuvo la decisión de fondo.
Coudet no la tomó, pero tampoco la cuestionó en público. Y en la conducción de un plantel, el que calla otorga. El caso de Germán Pezzella, campeón del mundo y surgido en la casa, fue el que más ruido generó: si un jugador con esa historia podía quedar afuera así, cualquiera podía imaginarse en su lugar. Ese temor no necesita estallar en protesta para dañar la confianza de un grupo.
Sin identidad ni soluciones desde el banco
Los mejores equipos de Coudet en su carrera se asociaron con la intensidad y la presión alta. En River, esos rasgos aparecieron solo por momentos. Nunca hubo una forma definida de jugar: ni presión coordinada, ni control desde la pelota, ni un funcionamiento reconocible en transición. Contra rivales cerrados, la circulación se volvió previsible y los delanteros recibían lejos del arco.
El banco tampoco fue una salida. En los últimos 11 partidos, Coudet hizo 44 cambios. En el 63.6% de los casos posteriores a esas variantes, el resultado empeoró o se mantuvo desfavorable; si se suman los empates que no se modificaron, la cifra sube al 79.55%.
La eliminación ante Santa Fe resumió todo: Driussi volvió a la titularidad, convirtió el 1-0 y salió poco después sin estar del todo listo físicamente. River perdió pisada, recibió el empate y cayó en los penales, con Borré errando uno clave y el propio arquero Beltrán, tras atajar tres, fallando el suyo. Una síntesis, casi involuntaria, del caos de los últimos meses.
River quedó eliminado en la Sudamericana y sin rumbo claro en el torneo local. El mensaje para la hinchada es simple: hay que cambiar, y hay que hacerlo pronto.
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