Futbol · 12 horas · 7 min

Sudán debuta en el fútbol femenino internacional: colegialas, guerra y la esperanza de un país roto

La selección sub-17 de Sudán disputó sus primeros partidos internacionales en Casablanca, marcando un hito histórico para el fútbol femenino de un país devastado por el conflicto armado.

Sus camisetas rojas destacaban sobre el césped verde del estadio Larbi Zaouli de Casablanca. La mayoría eran adolescentes. Algunas habían huido de la guerra. Otras jamás habían jugado en una liga organizada ni habían pisado un estadio de grandes dimensiones. Sin embargo, al saltar al campo en la capital económica de Marruecos, la selección femenina sub-17 de Sudán escribió una página inédita en la historia del deporte de su país: el primer partido internacional oficial del fútbol femenino sudanés desde que estalló la guerra civil en 2023.

"Mi objetivo es elevar el nivel del fútbol en mi país", declaró Nura Mohamed, capitana del equipo y con apenas 17 años. "Es una sensación preciosa y única, porque al final del día simplemente amo jugar."

Una clasificatoria olímpica como escenario del debut

El motivo del viaje a Marruecos no era menor: la selección sub-17 femenina de Sudán participó en los partidos de clasificación para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, una fase previa organizada por la Confederación Africana de Fútbol (CAF). Ante la imposibilidad de reunir a tiempo un equipo absoluto, la federación sudanesa optó por inscribir a esta selección juvenil para no perder su plaza en el proceso clasificatorio.

Los resultados sobre el terreno de juego fueron demoledores. Sudán encajó 30 goles en dos partidos frente a Comoras, incluyendo una derrota por 17-0 en el primer encuentro. Muchas jugadoras rompieron a llorar al escuchar el pitido final, ante apenas una docena de espectadores en las gradas.

"La diferencia entre nosotros y los demás es enorme. Todavía no podemos competir al más alto nivel", reconoció Burhan Tia, veterano entrenador sudanés al frente de todas las selecciones femeninas del país. "Comoras tiene muchas jugadoras que compiten en Europa; nuestro equipo está formado principalmente por estudiantes de secundaria."

Una guerra que lo paralizó todo

Para entender la magnitud de lo que supone este debut, hay que remontarse al contexto devastador en el que vive Sudán. La ONU ha calificado el conflicto sudanés como la peor crisis humanitaria del mundo en la actualidad. La guerra comenzó en abril de 2023 con un enfrentamiento armado entre las Fuerzas Armadas y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), una pugna de poder que degeneró rápidamente en matanzas masivas, violencia sexual y limpieza étnica.

  • Más de 40.000 personas han perdido la vida, según cifras de Naciones Unidas.
  • Más de 14 millones han sido desplazadas de sus hogares.
  • El hambre y las enfermedades se extienden por amplias regiones del país.

El conflicto paralizó toda actividad deportiva, incluida la liga femenina de fútbol, que había sido creada oficialmente tras la revolución progresista de 2019 que derrocó al presidente Omar al-Bashir. Durante los treinta años de gobierno islamista de al-Bashir, las llamadas Leyes de Orden Público restringieron severamente las libertades de las mujeres, según denunciaron reiteradamente organizaciones de derechos humanos.

Incluso después de la revolución de 2019, la creación de una liga femenina generó resistencias religiosas. El predicador sudanés Abdulhay Yousif llegó a afirmar públicamente que el fútbol femenino era un intento de socavar la religión.

El peso histórico de pisar un campo de fútbol

"La idea de que las mujeres corran, salten, suden, y hasta el simple hecho de que sus cuerpos sean visibles en movimiento, era considerada por el régimen islamista de Bashir como una fuente de fitna, término que en el contexto sudanés se interpretaba como caos sexual o moral", explicó Liv Tønnessen, politóloga especializada en género y política en Sudán.

"Así que cuando las mujeres pisan un campo de fútbol, están confrontando directamente toda esa lógica. No solo están presentes en un espacio deportivo dominado por hombres: se mueven con libertad dentro de él, en sus propios términos", añadió Tønnessen, quien también fue investigadora invitada en una universidad exclusivamente femenina en Sudán.

A los obstáculos institucionales se sumó una oleada de acoso sexista en redes sociales. En las cuentas oficiales de la selección, numerosos comentarios ridiculizaban las goleadas recibidas, y abundaban frases como "volved a la cocina", publicadas en varios idiomas.

Reclutar jugadoras en medio del caos

La labor del seleccionador Tia para conformar el equipo fue, por sí sola, toda una odisea. Con la liga suspendida por la guerra y el país en caos, su trabajo de scouting le llevó a recorrer colegios de varias ciudades sudanesas y también a Egipto, donde miles de familias se habían refugiado huyendo del conflicto.

"Primero tuve que encontrar chicas que jugaran al fútbol. Luego, una vez que las encontraba, tenía que asegurarme de que tuvieran la edad reglamentaria", relató. "Y después necesitaba convencer a sus padres de que les permitieran faltar a clase para entrenar."

Diez de las jugadoras convocadas fueron reclutadas en equipos y academias de El Cairo; el resto procedían de distintas ciudades sudanesas. Tia habría querido incorporar talento de regiones como Darfur o Kordofan, zonas históricamente conocidas por producir los mejores atletas del país, pero la guerra lo hizo imposible: muchas jóvenes habían perdido su documentación, lo que impide verificar su edad según los reglamentos internacionales. Además, la destrucción de las infraestructuras de transporte ha convertido trayectos de pocas horas en viajes de días repletos de peligros.

El equipo comenzó a entrenar conjuntamente apenas unas semanas antes de viajar a Marruecos. Sobre el campo, las carencias técnicas y tácticas eran evidentes: varias jugadoras tuvieron dificultades con el fuera de juego, la organización defensiva y la disciplina posicional, y miraban constantemente al banquillo en busca de instrucciones.

Infraestructura, inversión y preguntas sin respuesta

"Algunas viajaron largas distancias solo para acudir a los entrenamientos. Muchas están separadas de sus familias y, aun así, siguen trabajando duro persiguiendo su sueño", señaló Manal Ali Bushra, empresaria que preside el comité de fútbol femenino de la federación sudanesa.

Ali Bushra aseguró que la federación trabaja en proyectos de infraestructura, entre ellos una ciudad deportiva planificada y la renovación de estadios en zonas más seguras del país. Sin embargo, declinó responder a las preguntas sobre el presupuesto y la financiación del programa femenino, una ausencia de transparencia que inquieta a quienes llevan años reclamando más recursos para el deporte femenino en Sudán.

La activista de derechos humanos Hala Al-Karib fue directa al respecto: "El principal desafío para mí es una reforma de la federación", afirmó, citando la escasez de inversión y apoyo al fútbol femenino en el país.

Un equipo atrapado en la política

La participación de la selección en Casablanca no está exenta de aristas políticas. El gobierno militar del general Abdel Fattah al-Burhan autorizó el viaje internacional de estas jóvenes jugadoras, pero la ONU ha documentado casos de violencia sexual y de género cometidos por las Fuerzas Armadas Sudanesas, que él comanda.

Tønnessen interpreta el respaldo estatal al equipo como un cálculo político deliberado: patrocinar a la selección femenina permite al ejército proyectar una imagen de normalidad institucional y alinearse con el espíritu de la revolución de 2019, todo ello en un contexto de fuerte presión internacional sobre el régimen.

Al-Karib, sin embargo, rechaza que estas críticas deban utilizarse para silenciar al equipo. Para ella, el problema central no es si el gobierno aprovecha la imagen de las jugadoras, sino la falta estructural de inversión en el fútbol femenino sudanés.

Más allá de la derrota, un símbolo de resistencia

Las cifras del marcador, abultadas e inapelables, cuentan solo una parte de la historia. La otra parte la cuentan estas adolescentes que entrenaron durante semanas en condiciones precarias, que viajaron desde El Cairo o desde ciudades castigadas por la guerra, y que vistieron por primera vez la camiseta roja de Sudán en un torneo internacional.

Cuando el pitido final del último partido sonó en el estadio Larbi Zaouli, la política, la guerra y el debate sobre si debían o no estar allí quedaron suspendidos por un momento. En el campo solo había un grupo de adolescentes corriendo detrás de un balón, haciendo historia sin proponérselo, representando a un país que, pese a todo, sigue en pie.

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