Historia del Matrimonio Prehispánico en México

Historia del Matrimonio Prehispánico en México
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Antes de la llegada de los españoles, los indígenas ya tenían una gran variedad de costumbres y principios matrimoniales, propios de cada pueblo y de sus familias. Nopaltzin, el Señor de los Chichimecas, dictó algunas leyes muy simples, que reflejaban las costumbres sociales primitivas de este pueblo y hasta condenaban a muerte a aquellos que cometían adulterio.

Entre los otomíes, a los varones jóvenes se les entregaban muchachas de la misma edad, pero era ilícito abusar de cualquier doncella antes de casarse. El punto más importante era que si una vez casados, encontraba algo en su pareja que no les gustara, podían devolverla y tomar otro compañero, lo cual se aplicaba tanto para los hombres como para las mujeres.

Los toltecas y olmecas, también tenían ritos matrimoniales como colocar en cada ángulo de una estera nupcial, cuatro manojos de cañas, para abarcar los cuatro elementos, con algunas plumas y un Chaichihuiti, una especie de máscara con turquesas. Como eran los símbolos de la fecundidad, se los ofrecían al Dios que la representara, para pedirla.

En el matrimonio náhuatl eran monógamos y se guardaban mucha lealtad. Se contraía con consentimiento expreso de los parientes de ambos. Los jefes podían tener una única esposa, con derechos, atributos especiales y cuyos hijos eran considerados legítimos y las concubinas estaban permitidas.

Para el año de 1430, en tiempos de Netzahualcóyotl, ya había diferentes normas, como el derecho de tener varias mujeres, privilegio reservado para las clases altas y dominantes. Pero solamente se reconocía a una como legítima. Como se procuraba que su linaje fuera distinguido, se realizaba una ceremonia nupcial especial. Colocaban una estera muy arreglada, una especie de tapete tejido, de palma o junco, frente al fogón de la casa. Los novios se acomodaban delante de ella y se les ataba con los vestidos de los dos.

En el caso de las concubinas, había varias clasificaciones Damas distinguidas, las entregadas por sus padres, las que habían sido robadas. Existía una especie de matrimonio en el cual, si la mujer tenía un hijo de esa unión, sus parientes podían exigirle al hombre que se casara o la regresara. Y si había una unión irregular por varios años, la consideraban legítima.

El matrimonio no era ceremonia religiosa. A los niños a cierta edad, se les educaban en el Templo y de ahí salían vírgenes, para casarse a la edad de 15 a18 años para la mujer y de los 20 a 22 años para el hombree. Los Tonalpohuque u hombres sabios, veían el futuro del matrimonio pactado y si resultaba trágico, no se llevaba a cabo. Pero si tenía buen augurio, los ancianos de la familia visitaban al padre de la muchacha y la pedían en matrimonio, con largos discursos. El padre siempre se negaba una vez, diciendo que consultaría con su familia y luego lo aceptaba.

En la noche de su celebración, una Ticitl o médica, acompañada de cuatro ancianos, cargaban a la novia adornada con ramas y flores, a la casa del novio. En la recámara nupcial, se ponía una estera labrada, en la que se colocaban distintos platillos, se encendía un anafre y un plato con copal. El novio recibía a la novia y se sahumaban mutuamente con ellos.

Posteriormente, se sentaban, la mujer a la izquierda y el hombre a la derecha sobre la estera. La Ticitl, ataba el Ayatl (traje) del novio al Hipilli (vestido) de la novia, con lo que quedaban unidos en el hogar. Los recién casados se separaban para rezar una oración y hacían penitencia por cuatro días en los templos, sin reunirse, hasta que los sacerdotes los llevaban a sus aposentos ya preparados.

Los mayas veían al matrimonio como una negociación, que establecían los adultos y los sacerdotes. Tenía como propósito procrear familias grandes. Se empezaba a planear cuando se pasaba de la infancia a la vida adulta. Esto se festejaba con la ceremonia del descenso de los dioses. En ella, se les quitaban los adornos que simbolizaban la virginidad: una cuenta blanca en el cuello de los niños de 16 años y una concha atada con un cordón debajo de la cintura a las niñas de 12 años.

La familia del novio contrataba los servicios profesionales del Atanzahab o casamentero, que examinaba los horóscopos de la futura pareja, checaba que no hubiera problema entre los dioses en los días de sus nacimientos y estudiaba astrológicamente sus nombres, para que fueran compatibles. Si no había ningún inconveniente, se autorizaba el matrimonio. También realizaba las negociaciones entre las familias de los novios. Muchas veces, estas pláticas se convertían en interminables listas de elogios, cualidades y ventajas de cada uno de los hijos. El padre de la niña le ponía precio a su hija, pagadero con diferentes artículos y el padre del niño negociaba el periodo de tiempo, de cinco a siete años, que éste trabajaría para sus suegros, en la agricultura y la caza.

Pactada la fecha de la boda, los preparativos comenzaban en casa de la joven, inclusive, sin que los novios se hubieran conocido todavía. La mamá del novio bordaba los trajes nupciales: un taparrabos decorado con plumas de perico a su hijo y una falda y blusa con hilos metálicos, para la novia... Los invitados llegaban con regalos importantes y eran agasajados con diferentes alimentos. Se llevaba a cabo una ceremonia especial, en la que un sacerdote bendecía a los novios y rezaban a los dioses en general. Al día siguiente, la pareja continuaba con su vida normal, pero ya en pareja. Aunque casi todos eran monógamos, también existía la poligamia, el divorcio estaba permitido así como volverse a casar, cuando el hombre, al estar inconforme con su esposa, la podía regresar con sus padres, si lo hacía durante el primer año de casados.

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