Irán avanza en el Mundial 2026, pero la controversia política sigue dominando el debate fuera del campo
El empate ante Bélgica en Inglewood quedó eclipsado por incidentes en las gradas, restricciones de visados, acusaciones cruzadas entre Washington y Teherán, y protestas frente al estadio.
Irán dio otro paso hacia la clasificación en el Mundial 2026 al empatar ante Bélgica en el SoFi Stadium de Inglewood, California, pero una vez más el verdadero partido se disputó fuera del césped. Detenciones en las gradas, acusaciones sobre vínculos con la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), protestas en los aledaños del recinto y una delegación que sigue entrenando en México por falta de garantías para cruzar la frontera hacia Estados Unidos: el equipo iraní vive un Mundial sin precedentes en términos de presión extradeportiva.
Un detenido en el campo y altercados tras el pitido final
Al concluir el encuentro, al menos un asistente que lucía una camiseta con la bandera preislámica de Irán -la del león y el sol dorado, símbolo anterior a la Revolución de 1979- fue retenido por intentar saltar al terreno de juego. Además, un reportero presente en el estadio presenció cómo un aficionado que había protagonizado un enfrentamiento con manifestantes era trasladado en ambulancia. La escena, aunque de menor intensidad que la registrada en el primer partido del torneo, dejó patente la tensión que rodea cada aparición de la selección iraní en esta edición del campeonato.
En las inmediaciones del estadio se concentraron varios centenares de personas para protestar contra el Gobierno de Teherán. Las manifestaciones fueron más reducidas que en el debut de Irán y contaron con mayor presencia policial desde el inicio, lo que evitó incidentes mayores. Dentro del recinto, las banderas prerrevolucionarias con el emblema del león resultaban al menos tan visibles como la bandera oficial de la República Islámica, en una imagen que habla por sí sola del profundo fractura entre la diáspora iraní y el régimen.
La disputa por las visas: Washington contra la Federación iraní
El senador estadounidense Markwayne Mullin, quien también preside el Comité de Seguridad Nacional, declaró el domingo que los iraníes habían "intentado introducir a alguien el día anterior" con vínculos directos con la CGRI. Mullin explicó a Fox News que, mientras la mayoría de las selecciones viajan con aproximadamente 120 personas, Estados Unidos había autorizado únicamente 53 acreditaciones para la delegación iraní, alegando que el resto de los solicitantes tenían "lazos directos con la CGRI y no forman parte del grupo habitual de viaje".
La respuesta de la Federación Iraní de Fútbol no se hizo esperar y fue contundente. En un comunicado oficial, la institución calificó las afirmaciones de Mullin de "mentira absoluta e innegable", negando que ningún representante oficial hubiera intentado embarcar hacia Estados Unidos y hubiera sido impedido de hacerlo. El texto añadió que las declaraciones del senador no solo "carecen por completo de pruebas o documentación", sino que además "representan un claro intento de encubrir un comportamiento discriminatorio y restricciones irrazonables".
Este cruce de acusaciones se produce en un contexto diplomático delicado: el vicepresidente estadounidense JD Vance reconoció esa misma jornada que existía una oportunidad de "empezar de nuevo" con Irán, en referencia a las negociaciones en curso en Suiza sobre un posible acuerdo provisional para poner fin al conflicto bélico. La paradoja de que ambos países negocien en Europa mientras sus equipos se enfrentan en California y su delegación deportiva choca con la burocracia de visados ilustra la complejidad geopolítica del torneo.
Entrenar en México: un agravio deportivo sin resolver
Uno de los puntos de fricción más concretos es la imposibilidad de la selección iraní de establecer su base de entrenamiento en Tucson, Arizona, como estaba previsto inicialmente. Ante la negativa de las autoridades estadounidenses a conceder los permisos necesarios, el cuerpo técnico y los jugadores se han visto obligados a desplazarse a Tijuana, México, cruzando la frontera para cada partido. Los propios futbolistas y el seleccionador han manifestado públicamente su malestar por los traslados continuos, que impactan en la recuperación física y en la preparación táctica.
El extremo Alireza Jahanbakhsh, una de las figuras más reconocidas del equipo, fue claro tras el partido ante Bélgica: "No pedimos mucho. Solo pedimos el mismo trato que reciben los otros 47 equipos. Esperamos poder llevarnos a todos los que nos ayudan con nosotros". El jugador añadió que el grupo está centrado en recuperarse y preparar el viaje a Seattle, donde Irán se medirá a Egipto en su siguiente compromiso de fase de grupos, y expresó su deseo de poder llegar allí cuanto antes para adaptarse a las condiciones.
La Federación Iraní de Fútbol ha anunciado su intención de presentar una queja formal ante la FIFA por el trato recibido, alegando que las restricciones impuestas por Estados Unidos vulneran el principio de igualdad de condiciones entre participantes. Hasta ahora, el organismo rector del fútbol mundial no se ha pronunciado públicamente sobre el asunto.
La grada, dividida entre la diáspora y la identidad
El ambiente en los alrededores del SoFi Stadium reflejó la división dentro de la propia comunidad iraní. Shamira Ghaemmaghami, de 66 años y residente en el condado de Orange, California, declaró que apoyaba tanto a los jugadores iraníes como a los belgas, y defendió que el deporte debería unir, no separar. "Luchar por estas cosas, la política y el deporte no deberían mezclarse", afirmó. "Ellos se han esforzado mucho para llegar donde están, ambos lados, en realidad".
En las antípodas de esa posición se situó Arman Sharif, de 40 años, residente en Los Ángeles, que acudió al estadio para protestar y aseguró sentir que los jugadores están alineados con el Gobierno de Teherán. "Sea quien sea el rival, nosotros apoyamos al contrario", afirmó sin ambages.
Entre los aficionados neutrales destacó la figura de Gerald Martinez, de 66 años y vecino de Tucson, Arizona, que acudió con una bufanda verde iraní sin ser de ese país. Él y su hijo decidieron seguir al equipo cuando se supo que podría entrenar en su ciudad. "Ojalá estuvieran todos aquí. Ojalá fueran bienvenidos", dijo, lamentando lo que considera una desventaja injusta para la selección. Curiosamente, varios aficionados belgas que viajaron desde Europa, como Stefan Arts, de Amberes, contaron haber encontrado a muchos iraníes en las gradas apoyando a Bélgica, no a su selección nacional.
El contexto histórico: no es la primera vez que el fútbol iraní choca con la política
La situación actual no es inédita en la historia del fútbol iraní. En el Mundial de Francia 1998, el partido entre Irán y Estados Unidos se celebró en medio de una enorme carga simbólica: fue el primer encuentro oficial entre ambos países desde la ruptura de relaciones diplomáticas tras la Revolución de 1979. Irán ganó 2-1 en uno de los encuentros más cargados de significado político de la historia del torneo.
En el Mundial de Catar 2022, la selección iraní volvió a ser protagonista fuera del campo: en el partido inaugural ante Inglaterra, los futbolistas se negaron a cantar el himno nacional en señal de protesta por la represión gubernamental que siguió a la muerte de Mahsa Amini, desencadenando un debate global sobre el papel del deporte en la denuncia política. En aquella edición, Irán llegó a la fase de grupos y quedó eliminado, pero el eco de sus gestos perduró mucho más allá del marcador.
En el Mundial 2026, la narrativa vuelve a superar con creces lo meramente deportivo. Con la fase de grupos aún en curso y la clasificación todavía en juego, la selección iraní debe gestionar una presión que ningún otro equipo del torneo conoce: la de jugar en el país que considera a su gobierno un adversario estratégico, con una delegación reducida, sin base de entrenamiento propia en suelo estadounidense y con protestas en cada estadio al que acude. El reto, más allá de los esquemas tácticos y los marcadores, es de una dimensión humana y política que el fútbol rara vez ha tenido que afrontar de forma tan descarnada.
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